Creatividad

Amor de barrio

Por Paulo Renzo Zambroni


Me desperté temprano como todos los días de la semana y el mate cocido servido por mi mamá estaba ya sobre la mesa

     -   Lo único que tenemos para acompañarlo es un pedazo de pan, está allá arriba de la cocina- me dijo desde lejos mientras me acomodaba la ropa para la escuela. Yo fui a tomarlo y estaba duro pero que le vamos a hacer. Lo sumergí en el yerbeado para que esté más blandito y me lo mandé.

Me calcé el guardapolvo recién lavadito, aunque se ve que mi madre no había podido sacarle las manchas de lapicera cuando se me reventó en el bolsillo. Salí corriendo a despertarlo al Negro, lo acaricie un poco porque si no arranca el día de mal humor y después anda echando retranca. Le puse las riendas y esperé a mi papá, que llegó apretándose el cinto del pantalón.

Íbamos en silencio, el negro relinchaba de vez en cuando y justo pasamos por la cancha de Municipal, el club de mi corazón, miré a papá y le dije:

     - Pa, el fin de semana podemos ir a la cancha.

     - Recién es Lunes, Luquitas. Portate bien toda la semana y el domingo vemos.

Lo acompañé con una sonrisa mientras íbamos atentos a ver si encontrábamos algo con valor para subirlo al Negro y después venderlo. Pero no hubo caso, siempre tenemos más suerte de noche que cuando vamos a la escuela. Dice mi papá que es porque la gente saca las cosas que le sobran a la noche. Nunca entendí mucho eso de “lo que le sobra”, a nosotros nunca nos sobra, es más, parece que vivimos de lo que a otros les sobra. No entiendo porque hay gente que tiene tanto y nosotros, mi familia y todos mis amigos del río, no nos sobra nunca nada. Una vez se lo pregunté a papá, pero me dijo que él no sabía, se le pusieron los ojos vidriosos, los pómulos se prensaron como si comprimiera las mandíbulas y apuró con las riendas al Negro.

Al kiosquero de la escuela le pregunté cómo había salido el partido de Municipal, me cargó porque perdimos en Achiras, que parece no ser muy buen equipo. La verdad es que no los vi nunca, pero me entristecí un poco. Mis amigos hablaban de River y de Boca, de San Lorenzo y se reían cuando yo decía que Municipal había perdido. Me pregunto cuando jugaremos contra esos equipos que no los ves nunca y que sólo podés seguir por la tele. Yo a la cancha de la M la veo desde mi casa y la cruzo todos los días cuando vengo a la escuela, como no voy a ser hincha de la M. Ojala el domingo pueda ir a la cancha.

En el recreo se armó un partidito con una pelota de trapo que armó el Diego. Siempre usamos jugadores famosos para llamarnos durante el partido. Todos quieren ser Messi o Cristiano, yo siempre soy el Jote, el 9 de mi equipo que vive a la vuelta de casa y me saluda cada vez que nos cruzamos.

No soy muy bueno jugando pero siempre trato de mejorar, me paso horas en la calle de casa con alguna piedra o una pelota de trapo gambeteando al Negro de acá para allá. Ojala algún día sea como el Jote que a veces me ve jugar y me saluda mientras sigue su camino.

El miércoles en segundo recreo, el Jote, arrastró su rodilla contra la tierra frente a un centro de Messi y metió el único gol para ganarle a los de quinto por primera vez. Quise salir a abrazarlo al Popo que me había dado el pase. Era toda una proeza teniendo en cuenta que son mucho más grandes. Pero cuando el Jote levantó el pie de la tierra, se dio cuenta que había un gran problema, se le había roto el botín izquierdo, que encima era nuevo. Tuve que pedir el cambio.

Eso me valió un buen reto cuando llegué a casa, mi Mamá me agarró de las orejas y me dijo que así iba a aprender a cuidar las cosas. Le dije que había hecho ese gol importantísimo, que había tenido que arrastrar la zapatilla para llegar a la pelota y que, en ese preciso momento, la plantilla se había decidido despegar. No le importó mucho. Es más, me dijo que me olvidara del partido del domingo y que iba a tener que ayudar a mi Papá con el trabajo las próximas noches.

Primero rezongué mucho porque iba a tener que acostarme tarde y levantarme temprano. Salimos luego de cenar con el Negro, recorrimos el centro en búsqueda de algo para vender y volvemos tipo dos de la mañana. Al otro día nos despertamos a las siete. Pero el segundo día nos cruzamos con el camión de la basura y ahí lo vi al Jote con una bolsa de cartones grande sobre los hombros. Mi Papá le pegó un grito para que no se lo llevaran y nos lo dieran a nosotros. El Jote vino hasta el Negro y subió la bolsa al carro. Cuando se acercó me latió fuerte el corazón, siempre lo veía de lejos y en silencio, era la primera vez que lo tenía tan cerca

     - ¿Qué hacés pibe? -me disparó mirándome a los ojos y me ganó un cosquilleo en el estómago

     - Jote, me das un autografo -me animé.

Sonrió descreído y salió hacia el camión, pensé que no iba a volver. Pero se descolgó de la puerta del conductor con un papel en la mano. Mientras, se escuchaban risas y bufonadas desde adentro del camión que me hacían acordar a las cargadas de mis amigos cuando elegía ser el Jote en los partidos de los recreos.

     - Acá tenés pibe, es la primera vez que me piden un autógrafo ¿Vas el domingo a la cancha?

     - Seguro que no te piden autógrafos porque están muy ocupados mirando la tele -sonrío-. No sé si voy, estoy en penitencia porque me porté mal en la escuela.

     - Tenés que portarte bien, así podés ir al partido

     - Pero Jote, todo fue porque le hice un gol a los de quinto y se me despegó la zapatilla

     - Entiendo, hay que cuidar las cosas. Tus padres hacen un importante sacrificio.

     - Si, lo sé.

     - Me voy a seguir trabajando- Me abrazó y con su mano batió el pelo sobre mi cabeza, después lo vi alejarse y clavé la mirada sobre ese papel. Tenía el autógrafo del Jote, ¿cuántos en el recreo podían decir lo mismo de sus jugadores favoritos?

El Diego me dijo que tenía pegamento en su casa y lo llevó a la escuela el viernes. Yo escondí las zapatillas en la mochila antes de salir y en la hora de plástica tratamos de arreglar el elemento maltrecho

     - ¿Qué haces boludo? Me estás pegando los dedos- le dije al Diego que estaba haciendo cualquier cosa

     - Perdoname, pero calláte que nos van a cagar a pedos.

     - Dale, que quiero ir a la cancha y ver al Jote

     - Vos y tu héroe de papel

     - Si, es de papel porque tengo su firma

Y del frente del aula apareció la maestra como un vendaval, frunció el ceño y con la cara de enojada más enojada que le había visto durante todo el año

     - ¿Qué hacen chicos?

     - Estamos tratando de pegar la zapatillas

     - Pero eso no es para jugar, es para trabajar. Por favor me lo dan.

     - Ayúdenos profe, porque si las llevó rotas me van a retar y no voy a poder ir al partido el domingo.

     - Primero trabajamos y después en el recreo los ayudo. Pero sólo si hacen la tarea.

Tratamos de sentarnos a hacer las cosas pero además de que era sumamente aburrida, teníamos la ansiedad de poder arreglar ese problemita. A quién le importa la simetría, si no te la explican diciendo que son dos lados iguales como la cancha de fútbol y la ves ahí el domingo. Pero la maestra se volvió a acercar a nosotros y nos mandó a firmar el libro. Aunque lo mismo nos ayudó a pegar la suela en el recreo. A veces se hace la exigente pero siempre le gana la bondad.

Al llegar a casa, le mostré a mi mamá lo que habíamos hecho, me sonrió y me dio un beso. Pero no me dijo nada de levantarme la penitencia del domingo, que había llegado demasiado rápido. Comimos un rico puchero, mi plato preferido. No lo comemos muy seguido. Eso hace que me guste más. Pero a pesar de tener la panza llena hasta el punto de que se me hacía difícil respirar, no estaba contento. Tiré mis brazos cruzados sobre la mesa y apoyé la cabeza sobre mis codos. Parece que me estaba por dormir. Sólo escuchaba una discusión en forma de cuchicheo entre mis padres. Aunque me esforzaba, no distinguía las palabras. Pero pronto apareció mi Papá poniéndose la campera, me sacudió entero:

     - Vamos a la cancha, petiso- y me levantó como una bolsa de papas

Salimos caminando de la mano. Aunque rápidamente me di cuenta que no íbamos hacia la entrada. Se lo hice notar.

     - Pá, la entrada queda para allá

     - Hijo, no puedo pagar la entrada- me dijo mientras agachaba la cabeza y se le ponían vidriosos los ojos, como sintiéndose avergonzado.

     - ¿Cómo vamos a hacer?

     - Atrás del arco hay una puertita que no está bien tapada, podemos asomar la nariz por ahí -me dijo sonriendo nerviosamente.

No pude más que devolverle una sonrisa cómplice y desde ese huequito ver a la M. El Jote hizo el único gol del partido. En ese momento nos abrazamos interminablemente, fue mi forma de agradecerle. Al otro día nos volvimos a cruzar con el Jote. Nos pegó un grito:

     - Hice un gol ayer

     - Si, lo vimos -le respondí

Y sonreímos plácidamente los tres.

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