Creatividad

Carta de los que no llegamos

Por Facuando Sanchez


  Quienes suscriben esta carta, son aquellos que no pudieron, que alguna vez pisaron, que intentaron, pero no pudieron llegar a graduarse en una universidad pública. Y hoy, aparecen acá.

  Martín hoy tiene 24 años y vive en Río Cuarto, aunque nació en un pueblo cercano a la ciudad. Ingresó a la Universidad en el 2010, con el objetivo de ser abogado. Una noche tomo de más y en un boliche de la calle Sobremonte, se enamoró de golpe y no pudo controlar tanto amor. A los meses nació su hija. Martín dejó sus estudios universitarios y se puso a trabajar en el estudio jurídico de su padre y después en una empresa de repartos en Río Cuarto.
Martín no llegó.


  Clara tiene 23 años y es de Salta. Llegó a Río Cuarto en el 2013 desde el norte, con el objetivo fijo de recibirse de médica veterinaria. Cuando le faltaban 7 finales y algunos seminarios por cursar, sus padres la llamaron entre llantos, pidiéndole disculpas y le confesaron que ya no podían mantener sus estudios en la ciudad, a tantos kilómetros de distancia. Entre alquiler y demás gastos, se hizo muy complicado. Le pidieron que se volviera, pero que se lleve los apuntes para seguir estudiando lo que faltara y le prometieron que juntarían la plata para que pudiera regresar algunas veces al año a rendir. Cuando llegó a Salta, Clara notó la crítica situación y se puso a trabajar. Primero paseaba perros y después comenzó a ayudar en una veterinaria.
  Pese a que estuvo cerca, Clara tampoco llegó.


  Juan Cruz siempre quiso ser periodista deportivo. De chico soñaba con grandes estadios y partidos de fútbol vibrantes. Después de unos años boyando sin pena ni gloria en la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional de Río Cuarto, empezó a relatar partidos de la liga para una radio de Laboulaye, su pueblo natal. Ahí se sintió comodo y se quedó, cerca de su familia, de su novia y de sus amigos, trabajando de otra cosa, pero haciendo lo que le gustaba los fines de semana.
  Juan Cruz no llegó.



  Un destino parecido tuvo Cristian, que estudió la misma carrera. Pero la diferencia fue que Cristian optó por cambiar de rumbo y se fue a Córdoba a estudiar periodismo deportivo en una Universidad Privada. Se recibió con un buen promedio, pero hasta el día de hoy se arrepiente de no haber terminado la carrera de Comunicación Social, porque asegura que hay un montón de conceptos teóricos, que no los tiene muy claros. Hoy Cristian no trabaja de periodista deportivo y ni siquiera recuerda muy bien dónde tiene su título. Pero siempre guarda muy bien el recuerdo de esos años, como la parte buena de una mala elección.
  Cristian, tampoco llegó.


  A Nadia, su hijo Esteban la sorprendió en su panza cuando estaba en tercer año de la carrera de psicopedagogía. Pese a que insistió y fue a muchas clases con su hijo en el changuito y le dio la teta en medio del aula, mientras tomaba nota con el otro brazo, nunca se presentó a rendir los dos finales que le faltaron. Sus profesores, la esperan cada llamado.


  Al grupo de amigos de las 7 y cuarto de una famosa esquina de un famoso barrio de la ciudad, también les hubiese gustado estudiar en la universidad. Pero nada de eso fue posible cuando su viejo los agarró a los 14, en el anochecer de la edad del pavo, después de repetir tres veces segundo año y les puso una pala en la mano y los levantó a la madrugada de la madrugada. “Si no vas a estudiar, te venís a la obra conmigo. En esta casa, vagos, no.” Y ahí el destino empezó a cambiar, cuando con algunos billetes en la mano, pensaron que estudiar no era lo suyo. Que eso es para gente con plata, y esas cosas que a veces gritan las veredas. Hoy, entre cervezas a la salida del trabajo, se cuentan entre ellos que les hubiera gustado ir a la universidad, porque “las minitas que estudian ahí están todas buenas”. “¿Te imaginas al rata de traje siendo abogado?” Y automáticamente las risas se desprenden a los gritos.
  Ellos tampoco llegaron, porque nunca lo vieron en el horizonte, pero también suscriben a esta carta.


  La carta de los que no pudieron, de los que quedaron en el camino, de los que piensan, algún día en volver. De los que no quieren irse nunca de ahí. Es la carta que nace como un grito de las mujeres que no llegaron a la universidad, porque en esa época estudiar era cosa de hombres y ellas debían quedarse en casa, cuidando la familia, “amando la casa”. La carta de los que no se bancaron los libros gordos y prefirieron un laburo “más o menos como la gente”, aunque después eso haya mutado a un “lo que sea”, por el riesgo de seguir cumpliendo años y no poder trabajar.


  La carta de los miles que nunca tuvieron en sus planes la posibilidad de sentarse en un banco de una Universidad Pública “porque hay que viajar lejos”, “porque me quedo a trabajar en mi casa”, “porque no tengo plata para pagar un departamento”. La carta de los miles que cayeron en la delincuencia antes de imaginarse a la Universidad, porque nunca nadie los incluyó.
  La carta de quienes construyen la Universidad, pero que no tuvieron la oportunidad de formar activamente parte de ella.

  Algunos, realmente arrepentidos, extrañan y recuerdan esas épocas con nostalgia. “Si hubiera salido un poco menos en esa época, capaz que hoy ya era médico veterinario”. Otros, no se imaginaron nunca así. “¿Vos me imaginás dando clases de historia? ¿En serio?”

  Y así, en varias palabras, llega a quienes hoy todavía caminan la Universidad, esta carta de aquellos que cambiaron el camino, o que el camino los cambió. Aquellos que no pudieron, pero querían poder. La carta de aquellos que recomiendan, con la toalla de la experiencia sobre los hombros, la importancia de aprovechar la oportunidad que brinda una universidad, publica, laica y gratuita, como la de nuestro país.

  La carta de quienes quisieran ocupar hoy ese lugar, pero que pese a no poder, continúan aportando, y hasta a veces sin saberlo, para su construcción.

  La carta para aquellos que la flaquean, que esquivan pasar esas noches de largo aún sabiendo que al otro día no van a llegar a leer todo el contenido, que prefieren dormir a la mañana que ir a clases y después piden las hojas. Que insisten con que estudiar no es lo suyo, después de desaprobar por cuarta vez el mismo final. Que quieren tirar la toalla sin que nadie los obligue.

  La carta para los que sueltan los libros por cansancio, por desgano, porque “ya fue estudiar”. La carta para aquellos que todavía siguen en el camino académico con el fin de graduarse y convertirse en profesionales.

  La carta de los que flamean la bandera de la educación pública, defendiéndola, aunque no formen parte activa de la misma en la actualidad.

  La carta para quienes manejan el futuro del pueblo, de sus sueños, de sus ideas.

  La carta de aquellos que no llegaron, pero que todavía no torcieron el camino y solo frenaron para tomar impulso.

  La carta de los sueños transformados, pero nunca, nunca jamás, muertos.


"Cualquier identificacion con la realidad, no es sólo coincidencia".



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