Historias

Crecer

Por Lucas Mortara


  Creo que una de las palabras más difíciles que aprendí a pronunciar al crecer es “adiós”. Esa palabra tan breve que parece simple pero que en realidad oculta muchos significados. Su pronunciación implica cerrar un ciclo en el que seguramente no vamos a caer de nuevo; el sonido de cada letra está acompañado del crujir de memorias y sentimientos que se quiebran y que poco a poco intentan recomponerse, pero aún así, eso no evita la nostalgia que se va incrementando con el paso de los días.

  Se trata del doloroso y verdadero poder de las despedidas, tan dolorosas y extremadamente duras como necesarias ya que sin ellas no podríamos valorar lo que cada lugar y persona nos ha enseñado. Porque como dice la canción del majestuoso Gustavo Cerati, “decir adiós es crecer”.

  Al abandonar el sitio donde viví, me pasó exactamente lo mismo. No sólo estaba dejando atrás un simple lugar, sino también a un grupo de gente increíble, que con sus palabras y acciones se ganaron un lugar irremplazable adentro mío y con las que compartí momentos inolvidables que nunca se van a borrar de mi memoria.

  Sin embargo, a veces es necesario soltar. Soltar para que todos estos recuerdos formen parte de nuestro carácter y para que nos hagan ser mejores personas en el futuro.

  ¿Quién no ha soñado alguna vez con viajar, con recorrer el mundo? Desde que tengo memoria, ese siempre fue mi objetivo principal y aún espero poder lograrlo. Esto dio inicio a todo; una simple idea de un chico de secundaria que ahorraba para un viaje, pero no uno cualquiera; uno realmente importante.



  En el año 2014 me inscribí en la carrera de Comunicación Social en la UNRC e inicié el cursado con todas las expectativas a flote, aunque después me di cuenta de que no era lo que yo esperaba. La carrera me gusta, no lo niego, pero en mis dos primeros años mis ilusiones se derrumbaban de a poco al ver la cantidad de material que tenía que leer y que ni siquiera me resultaba interesante. A mí que siempre me interesó lo práctico, las lecturas me estancaban siempre en el mismo ciclo.

  Por esa razón, al llegar mi tercer año de la carrera comencé a sentirme cada vez más extraño. Sentía que la rutina me asfixiaba y que necesitaba escapar de alguna forma. Sentía que necesitaba vivir algo diferente, hacer algo interesante con mi vida y sobre todo con mi juventud.

  Tras largas tardes de búsquedas intensivas en “San Google”, me topé con los programas de Work and Travel e inmediatamente en mis pensamientos apareció la famosa frase: “¿Y por qué no?”. Pero a su vez también aparecieron otra clase de pensamientos, un tanto contradictorios, que me atormentaron de principio a fin, como “¿valdrá realmente la pena?”, “¿realmente me voy a animar a ir completamente sólo?”, “¿qué pasa si no aprendo bien el idioma o si no entiendo nada de lo que me dicen?”, “si no lo hago ahora no lo voy a hacer nunca”, “tengo que hacerlo, debe ser increíble”, “¿qué van a decir mis padres y mis amigos sobre esto?”, entre muchos otros. 

  Me ofrecieron dos opciones muy diferentes: Colorado o California. Tras pensarlo durante varios días, la última opción fue la ganadora. ¿Por qué California y no Colorado? Porque de chico siempre veía miles de películas y me preguntaba cómo sería estar en lugares como San Francisco y Los Ángeles.



  Al principio fue demasiado frustrante el tema de encontrar un lugar donde vivir; precios caros, distancias muy lejanas a los lugares de trabajo, cupos llenos y “casas fantasmas”. Hasta que un día, a punto de perder las esperanzas completamente, vi por un grupo de Facebook una publicación que decía que necesitaban gente para completar una casa y abaratar el alquiler. Esta se encontraba en Tahoe City, y para mi suerte, había servicio de transporte hacia el lugar de trabajo. Mejor imposible, ¿no?

  Llegó el día: 10 de diciembre de 2016. Recibí de mis padres el abrazo más honesto y cálido que podrían haberme dado alguna vez en la vida y sus sinceros deseos de buena suerte. Después de un largo abrazo y de escuchar los sollozos de mi madre, los saludé con una sonrisa y me dirigí hacia la puerta de embarque. Tenía una sonrisa en mi rostro pero acompañado de un sentimiento extraño por dentro, fue como una mezcla de alegría y nostalgia. Alegría por lo que viene y nostalgia por lo que dejaba atrás; familia, amigos, mi país, mis costumbres, mi modo de vida.

  Con una mirada esperanzadora pero al mismo tiempo llena de intriga, me subí al avión y tomé rumbo hacia aquello que llaman “Primer Mundo”. 

  No es nada fácil dejar atrás tantas cosas para sumergirte en otras, sobre todo en un lugar como USA, en el que el idioma y las costumbres son indiscutiblemente diferentes; la oscuridad envuelve por completo el paisaje a eso de las 6 de la tarde, comer sano cuesta mucho dinero porque la mayor parte de la comida es fundamentalmente chatarra y sabe a plástico, entre otras cosas.

  Por suerte no estuve completamente solo. Llegué a una casa en la que me tocó convivir con otros 9 argentinos. La convivencia no fue nada fácil como era de esperarse, pero por suerte nos llevamos bastante bien (o eso creo).

  Esa fue la forma en la que llegó a mi vida el increíble Lake Tahoe, o lago Tahoe en español. En ese lugar vi los mejores atardeceres y amaneceres que jamás había visto en mi vida (y pasé las tormentas de nieve más intensas también).



  Y qué decir del trabajo, el mejor equipo que alguna vez podría haber tenido. A pesar de que no me gustaba trabajar como personal en el estacionamiento de autos porque tenía que hacer mucha fuerza levantando conos y señales y soportar los días de mal clima, el lugar era increíble. Tuve la suerte de trabajar en un lugar rodeado de inmensas montañas llenas de nieve y además poder skiar o hacer snowboard gratis por el simple hecho de ser empleado de Squaw Valley Ski Resort. 

  Todavía me acuerdo con detalle mi primer día de trabajo. Llegué a la oficina más perdido que una aguja en un pajar, pero con el paso de los días pude acostumbrarme rápido.

  Realmente me divertía mucho trabajando con mis compañeros. Al ser todos latinos nos conocimos bastante bien y establecimos un vínculo que espero que se sostenga fuertemente en el futuro. 

  Allá la gente es demasiado amigable. No les importa tu origen, siempre te tratan de muy buena forma y eso es algo que voy a extrañar bastante. 

  A pesar de que me costaba mucho sonreír a cada persona que veía, me resultaba muy gratificante hacerlo ya que la otra persona devolvía el gesto y, entonces, se vuelve algo inevitable. Sin embargo, nunca falta la persona mal humorada que te trata mal por el simple hecho de que tuvo un mal día. Lamentablemente son cosas a las que uno se tiene que enfrentar.

  Si algo tiene USA, a pesar de un nuevo presidente demasiado polémico, es una gran comunidad de latinos que se incrementa con el paso de los días. Creo que eso es lo que nos unía a muchos de nosotros: todos latinos y en la misma situación. Esa es la razón por la que también hice amigos de distintos puestos de trabajo y de distintos países.

  Había que sobrellevar muchas cosas: trabajar y mantenerse solo, convivir con gente extraña en la misma casa, el clima, que mucha parte de tu sueldo desaparezca a causa del alquiler, que la comida no sea como la de tu país, que tu circulo afectivo esté a miles de kilómetros de distancia, tener que aprender un nuevo idioma y una nueva cultura, entre otras cosas. Pero por necesidad uno termina adaptándose a un nuevo modo de vida y apropiándolo como si fuera suyo, tanto así que hasta algunos “yankees” te consideran como uno más de ellos, lo cual se siente muy reconfortante.

  Aún recuerdo que durante el mes de enero mis familiares y amigos no se cansaban de preguntarme: “¿y qué onda con Trump?”. Y la verdad es que a nosotros no nos sucedió absolutamente nada, por suerte. Lo único que pudimos ver es la cara de ira y de indiferencia en algunos Californianos, y en ese momento los medios mostraban imágenes sobre una manifestación de mujeres que tuvo lugar en el Times Square de Nueva York.

  Viajar por tres meses parece poco pero en realidad es mucho tiempo para haber vivido tantas cosas. Cosas que nos cambian por dentro, aunque no nos demos cuenta. 

  Al viajar uno experimenta una catarsis interna, como si fuera una ensalada de emociones. Momentos cálidos, momentos fríos, tristeza, soledad o alegría son sensaciones que nos atormentan de a momentos pero que al fin y al cabo nos hacen crecer como personas.

  Lo mejor de esa experiencia fue el hecho de poder recorrer. Viajar siempre es lo mejor. Así haya sido en el momento final y por mi propia cuenta, fue una experiencia que me resultó muy gratificante ya que me encontré con rasgos de mi personalidad y mi carácter que hasta yo mismo desconocía.

  Tuve la suerte de poder ganar el dinero suficiente para recorrer Los Ángeles, San Francisco y Nueva York, donde viví las experiencias más increíbles que jamás me hubiera imaginado. Creo que la mejor parte de Los Ángeles fue Universal Studios en Hollywood, de San Francisco el hecho de recorrer esa sorprendente e inmensa ciudad en bicicleta (a pesar de las enormes subidas que me dejaban sin aliento) y de Nueva York bueno, todo: esa ciudad es fascinante.



  Hablando de experiencias, tengo que contar el día que pisé tierra Norteamericana por primera vez. Mi pasaje aéreo incluía una escala de un par de horas en Nueva York, por eso al llegar decidí ir a recorrer el Times Square y su avenida llena de enormes pantallas por todos lados. El problema fue que el colectivo que me llevó hasta allá se demoró en llevarme de nuevo al aeropuerto, por lo que llegué justo a horario para el embarque. Al momento desubir me dijeron que me habían impreso mal el ticket aéreo y que ya habían cerrado el vuelo.

  Con una cara de furia que ni yo me conocía , y con una desesperación que me estaba matando por dentro, tuve que pasar 24 horas esperando el próximo vuelo disponible en el extremadamente inmenso pero aburrido aeropuerto de Jhon F. Kennedy en la ciudad de Nueva York.

  Pero no quiero ser pesimista. Una de las cosas más graciosas, y que me gusta mucho comentar, es la del día en el que perdí el colectivo por quedarme dormido. Al despertarme y ver que estaba por amanecer (sí, salía a trabajar antes de que amanezca), me vestí rápidamente y corrí hasta la parada.

  Cuando llegué decidí hacer dedo porque recordé que el próximo colectivo pasaba en una hora, y tras varios intentos fallidos ví a un enorme camión acercarse y pensé: “A éste ni le hago dedo porque no tiene sentido”. Pero en el momento en el que decidí bajar el pulgar, el camión comenzó a detenerse a mi derecha y me abrió la puerta. Así fue como, por ese día, me convertí en co-piloto de un CAMIONERO que iba a entregar comida al Resort donde yo trabajaba.

  La verdad es que la pasé demasiado bien, por eso considero como una obligación recomendar a todos esta experiencia. Aprovechemos nuestra juventud, salgamos a conocer el mundo siempre que podamos y sobre todo, llenemos nuestra vida de historias para contar. 

  “Viajar es cambiar de realidad, abrir la mente, conocer, ir en busca de, encontrar, extraambientarse, mirarse bien de lejos, mirarse bien de cerca, caminar, correr, navegar, flotar, volar, subir, caer, odiar, amar, llorar,  romper, reconstruir, armar y desarmar, escribir, leer, conectarse con, conectarse a, llegar, no llegar, desear nunca llegar, desear nunca volver. No es escaparse: es buscarse”, Viajar según Aniko.



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