Historias

Crisis Creativa

Por Paulo Renzo Zambroni


  Marcos dio vuelta la última página del libro, se quedó mirando la contratapa, husmeando la sinopsis, mientras estiraba la mano hacia la taza de café que había esperado demasiado como para mantenerse caliente, igual que el pucho que se había consumido sólo en el cenicero. Inmediatamente retiró la mano para dejar la taza, se la llevó a la cabeza y, con la mirada perdida que de vez en cuando volvía al libro, pensó:

- ¿Cómo mierda Alondrello escribió lo mismo que yo? Noventa años antes ¡noventa años! ¿Y ahora como lo justifico? Todos van a pensar que fue un plagio y yo me vengo a chocar con esto años después –  Marcos se replegó sobre la silla, tirándola hacia atrás, hamacándose.

  Él había sido un molesto escritor en sus tiempos muy libres de ocio obligatorio. Sus penas escritas en cortas prosas habían encontrado algún adepto, sin lograr una fama sustanciosa, pero si cierto respeto entre los círculos cerrados de algún que otro café literario. Había recorrido los pequeños sitios oscuros, abarrotados de liricas como vacíos de gente, largando a cuentagotas esas breves historias sobre papel, escritas un tiempo atrás, esperando que la musa inspiradora de aquellos días volviese. Pero no había caso, las horas perdidas en aquel tiempo de mirar el reloj sólo para ver como las agujas danzaban se habían convertido en esta sobrecargada agenda de actividades que lo mantenía ocupado y, en cierto sentido, feliz… y, casualmente, casi como de manera contradictoria, esa felicidad era la asesina de sus ideas, sus historias. La muerte, la desesperación, la oscuridad de los días sin retorno y sin dirección.

  “Es que la felicidad es más difícil de compartir”, pronunciaba Marcos a quienes les confiaba esta falta de inspiración. Necesitaba enfrentarse otra vez a esas situaciones adversas, o conformarse con ser una laucha de escritorio con la tranquilidad de un sueldo a fin de mes, de la compañía de los amigos, de los abrazos que matan el frío otoñal del viento pampeano.

  Como una sentencia cruel, en el momento que estaba por jugar su carta fuerte en la mesa del bar, cuando pretendía mostrar lo que para él era su mejor composición, cuando esperaba los aplausos y las palmadas en la espalda que tanto le curan el ego: Alondrello.

  Alondrello que lo había dejado hecho una estatua en su silla, que lo único que parecía hacerlo mover eran esos ojos redondos y húmedos que parecían a punto de derramar una lágrima.

- Pero como no lo leí antes –pensaba – es un libro reconocido, está en cualquier colección de literatura universal. De esos que en cualquier casa de canje te lo venden por 30 pesos.

  Mientras, la silla parecía convertirse en una hamaca y Marcos se bamboleaba como un niño que había descubierto una verdad universal, de esas que es necesario escapar tan rápido como se pueda. Sin embargo, el libro seguía ahí, escrito en la década del 30, mientras nosotros nos arrimamos al 20 pero de un siglo después.

  Se asomaba la hora de ir al bar, las tres agujas se le clavaron en la cabeza cuando se vio de pronto con las manos vacías. Era el broche final, era lo que necesitaba para terminar de convencer a Arturo, dueño de una pequeña editorial, que le hiciera el libro y, de pronto, todo parecía escarparse como aquella chica de ojos claros y tez pálida. En su frondosa imaginación apareció esa espalda, era la espalda de la suerte que se alejaba mientras abría la puerta cancel y él ahí, sintiendo el mismo peso sobre sus hombros.

- Si se dan cuenta voy a quedar como un boludo - pensó mientras doblaba esas hojas amarillentas de olvido consciente, esperando el momento de gloria que ahora, resultaba, no parecía ser tal. Las manos temblorosas guardaron rápidamente los papeles otoñales en el bolsillo del saco y apuró el paso hacia el café.

  Llegó tarde a la ronda de aquel grupo que se sentía la reunión del Café de los Maestros de El Cairo, pero de la B, todo acorde a su nivel, infravalorado. Rápidamente corrieron las sillas para hacerle lugar a ese joven promesa que siempre se traía algo bajo el brazo.

- Perdón por llegar tarde - se disculpó Marcos. Mientras, con una seña, le pedía el cortado con soda de cada visita al mozo.

- Con que nos va a sorprender hoy nuestro prodigio - disparó Arturo, que veía en Marcos no a un amigo sino una bolsa de plata caminando. - ¡Ay, cuando edite su libro! - Se relamía mientras contaba billetes mentalmente. Marcos le sonrió con desgano mientras dejaba su saco en el respaldar de la silla.

- Vamos hombre, con que se viene hoy - apresuró otro de los participantes de la ronda de café cuando divisó que el escritor no arrimó la mano al bolsillo del saco como todas las semanas.

- Bueno, bueno es que tengo ganas de tomar el café primero, siempre se me enfría – excuso nerviosamente mientras sacaba las hojas del bolsillo para la tranquilidad del auditorio.

- Mejor porque me estoy meando - dijo Arturo, que se paró mientras se levantaba el pantalón que  caía al son de su gran barriga.

  En tanto, llegaba el mozo con el cortado y las religiosas dos medialunas de manteca, acompañadas de tres saquitos de azúcar. Una jugada tan de memoria como un pase de Ronaldinho a Messi en el Barsa de hace unos años.

- Provecho compadre – ironizó Arturo mientras volvía a su asiento - pero vamos apurando el paso que no tenemos toda la noche.

  Marcos apuró el último trago, cual fondo blanco de alguna bebida espirituosa, se limpió la boca con una servilleta de papel, tomó las hojas y desdoblándolas se dispuso a leer.

- Amarrillos los apuntes – soltó alguno.

- Es que los tenía guardados para la ocasión – esbozó Marcos.

  El auditorio enmudeció mientras se acomodaba en su asiento, lustrando la silla con el culo hasta descansar la espalda en el respaldar. Arturo chupeteaba la cuchara luego de untarla en el dulce de leche, respuesta a la angustia oral que le generaba esa ordenanza que le prohibía fumar en lugares cerrados. - Pero los cuentos de Marcos lo valen - decía mientras se aguantaba las ganas de llenar de nicotina sus pulmones.

  Marcos rompió el silencio expectante, leyendo con voz imperceptiblemente entrecortada, con los nervios de punta, pero inmóvil, sólo movía la boca para leer y pestañeaba para la siguiente línea.

  De pronto el auditorio empezó a murmurar, alguno que otro se agarraba la cabeza como si Messi hubiese errado luego del pase de Dinho. Marcos apresuraba la lectura, nervioso, expectante ante el murmullo. - ¿Son Críticas? ¿Se dieron cuenta? – se preguntaba. En tanto Arturo palideció y dejó caer la cuchara que rebotó sobre el plato que sostenía su taza de café, partiéndole un pedazo. Lo miró fijamente, atónito, durante un rato corto que pareció una eternidad para ambos, y cuando ya no pudo más rompió la monotonía de la voz narradora de Marcos con un estruendo:

- ¡Pero eso es Alondrello! Es una vil copia

- Vea Arturo, yo no sabía que existía hasta recién, hoy leí a Alondrello, esto lo escribí hace dos años

- ¡Ah! Claro –dijo ironizando mientras estiraba la última vocal- pero me podés decir vos cómo mierda hago para hacerle entender eso al mundo y que no estoy publicando a un plagiador serial, ¿me lo podés explicar?

- La verdad, no sé – exclamaba Marcos mientras perdía su mirada en el mantel blanco-. No se Arturo, la verdad es que para mí este es el mejor cuento que había escrito y me duele que me diga que es un plagio

- Bueno nene, pero Alondrello es Alondrello. Si le hubieses copiado a algún desconocido de un país lejano cual psicólogo de autoayuda, no pasaba nada. Pero a Alondrello falta que lo escriban en la pared del bar nomás – disparó el editor, efusivo mientras señalaba la pared más cercana

- Entiendo y lo sé pero quiero que sepa que no lo copie, que fue una coincidencia

- Yo te creo, quien no te va a creer es desde el primero que lo lea hasta la justicia, todos. Yo porque te  conozco y sé que no lo harías. Pero la mayoría ni te conoce.

- Y entonces ¿Qué hacemos?

- Mirá Marcos, tus cuentos son buenos, como tantos otros, falta alguno que se convierta en épico, que pueda ser un clásico. Todos los anteriores serían el relleno de ese. Tenés razón que el cuento que contaste hoy tenía todas las características para serlo, pero, ¡oh pequeño detalle!, ya lo es. Trata de escribir algo así para el mes que viene y lo publicamos.

  ¿Volver a escribir? Pensó Marcos. Años que no lo hago. Levantó la voz:

- Bueno, en quince días le traigo el nuevo boceto

- Me parece perfecto Marcos, deslúmbrame a mí y a todo este, tu habitual auditorio

  De regreso a su casa, ultimado por el cansancio, Marcos pensó: - Sin una crisis emocional nunca supe escribir, no tengo una historia para contar.

  Ya era tarde, las tres agujas marcaban la hora del ocaso, de cerrar las persianas. Y aunque Marcos trató por todos los medios de descansar, el problema subyacía allí, consiente, dando vueltas por la cabeza y el cuerpo sobre la cama. Las sábanas desparramadas eran el reflejo de su cabeza y el cansancio matutino el resultado de una larga noche en vela.

  Los minutos parecían interminables la mañana siguiente de oficina y cada vez que se enfrentaba a una nueva hoja, veía como una historia se iba escribiendo sobre ella. De pronto la lista de precios era invadida por letras manuscritas que querían contar algo, decir una historia, pero Marcos no podía traducirlas, sólo eran letras sobre un papel y nada más que letras, como si flotaran en la sopa nocturna.

  Marcos pensó que la solución era vivir una crisis emocional ajena. Si él no tenía para contar sus crisis quizás podía narrar las dificultades de otro. Así, se dispuso a charlar con los compañeros de oficina, a caminar los bares buscando historias entre los borrachos asiduos de lugares bacanales. Recopilaba información, creía tener buen material. Pero la hoja en blanco ¡Ay!, la hoja en blanco. A Marcos le temblaba el pulso y entraba el calor, la transpiración brotaba de cada poro de su cuerpo. Parecía no poder romper con el maleficio y el tiempo se consumía.

  Cuando quiso levantar la cabeza de las horas de oficina, de hojas en blanco y de recorridos truncos, era el día del café. Nada había salido, había que enfrentar al auditorio con las manos vacías.

  Llegó al bar como todas las semanas, pero esta vez sin ningún papel en el bolsillo. Se quitó el saco, lo dejó en el respaldar de la silla y le hizo la seña al mozo que ni siquiera fue a tomar el pedido.        - Cortado y dos medialunas con tres saquitos de azúcar- pase de Dinho a Lionel.

- ¿Cómo venimos con lo acordado? – Disparó Arturo, con la certeza de un franco tirador.

- Muy bien, trabajando en ello, recopilando historias, estudiando problemas. Todo lo que se hace siempre antes de escribir una buena historia.

- Es la primera vez que vengo y no tiene nada para leernos – dijo arteramente alguien más del auditorio

- Entiendan, estoy tratando de hacer la mejor historia que pueda escribir. Mejor que todas las que les he leído y eso requiere de estudio y preparación de la historia. No se trata de escribir lo primero que pasa por la cabeza

  Los comensales asintieron levemente con la cabeza y comenzaron una charla amena, tratando de contar alguna que otra historia que le podía servir a Marcos para su tarea.

  El encuentro terminó, y esa finalización dio comienzo a la segunda y última semana para escribir la historia que podía largarlo a la fama. Esa misma noche observó sobre papeles el inicio de algún cuento que terminó encestado como bollo de papel en el tacho de basura con el café de filtro y la yerba lavada, claras señales de una noche pronunciada.

  Durante esa semana las hojas iban y venían, en conjunto con los vaivenes de su autor que buscaba esa musa que lo despertara del letargo. Así fue como contó las historias de un linyera que se escapaba con un perro bajo la lluvia y de un compañero de trabajo, echado por lo que algunos le decían ser “ñoqui”. Nada fuera de lo común y, de hecho, bastante parecidos a otros cuentos que ya había escrito, pero se mostraba feliz de haber podido sacarse la modorra de encima y de haber vuelto al ruedo.

  Los días pasaron y la gran historia no había llegado. Se acercaba el día del café sin nada épico, como le había pedido Arturo, entre las manos. Pero parecía no preocuparle demasiado.

  De esta manera, cuando entró al café y escuchó a Arturo preguntar, con un énfasis mayor al habitual, que traía para leerles, Marcos respondió:

- Tengo dos historias, nada fuera de lo común, de lo que ya he escrito. Los grandes escritores hacen miles de historias épicas, yo no puedo hacer ni una. Por eso yo creo que soy un tipo de oficina que escribe como hobby, como pasatiempo y que no necesita más que este auditorio. En términos cortazarianos: si voy a ser un cronopio, no quiero ser un cronopio que quiera parecerse fama, sino que esté más cerca de las esperanzas.

  Y se puso a leer.

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