Historias

Esencia rebelde

  Hay causas con las que uno se siente identificado inmediatamente, que lo movilizan hasta un extremo. Quizás sin encontrar un punto de encuentro concreto, sabemos que levantamos esa bandera y dejamos el pellejo para defenderla.

  Algo más de dos años atrás, un amigo me invitó a una peña que había nacido para ayudar a una granja que había sufrido un  incendio. En medio de la invitación, me narró lo que había sucedido y el trabajo que realizaba la granja y en seguida supe que esa historia particular se había clavado en mí como una estaca. Desde ese entonces, Granja Siquem fue un nombre que no se borró de mi frágil memoria.

  Hace unos pocos días, tuvimos oportunidad de visitar la granja. Era un domingo soleado, de esos que el rey de los astros no te deja escapar fácilmente. En una breve charla que habíamos tenido con Manuel Schneider, docente universitario y una de las personas que lleva adelante Siquem, tomamos conocimiento sobre cómo llegar al lugar. Algo perdidos al comienzo, finalmente pudimos enrumbarnos y atravesamos un camino de tierra extenso, seco en su totalidad. Al final de ese territorio árido, el verde florecía en su máximo esplendor, casi como un oasis. Entre el verde y la inmensidad de árboles longevos, se ubica la Granja Siquem. Fue desconcertante la conversión en pocos metros de la tierra seca al verde esplendoroso, sin embargo, algunas líneas más adelante, esbozaré una respuesta para este hecho.  

  Ubicada en la ruta 8 KM 593, a la granja la llevan adelante Manuel y Patricia Barrera, su mujer. A ellos se les suman dos matrimonios más y algunos adultos. También hay personas que colaboran en diversas áreas cómo administración, gestión y trabajo, pero sin residencia en el lugar.

  Ese domingo, gracias a la amabilidad de todos los que forman Siquem, fuimos invitados a almorzar. En parte para que conociéramos con un dejo más de profundidad el lugar, pero también porque es evidente que todos ellos son amables con el mundo en general.

  Aquel que ha tenido la enorme oportunidad de almorzar en familia los días domingo, reconoce automáticamente una situación familiar por más que no se encuentre con sus seres queridos. Cualquier persona que se siente en la mesa de la granja puede aseverar que componen una gran familia, una familia donde el respeto y el amor son la base de todas las estructuras. Y fue en ese momento que me di cuenta del porqué de la verde vegetación que rodea al lugar. En ese lugar el amor florece, y te hace florecer.

  23 años de historia tiene Siquem. 23 años atrás una visión de vida se transformó en un proyecto social concreto. Actualmente viven una quincena de jóvenes en la granja, y entre 30 y 40 hacen hogar de día.

  El eje principal e histórico es el trabajo de lo convivencial, acompañar a los jóvenes que no tienen ningún tipo de contención. “Cuándo ya está todo el tejido destruido, los chicos no tienen contención o es muy frágil”, afirma Manuel. Aparte de acompañar a aquellos que no cuentan con la suerte de un apoyo familiar o social, la granja trabaja con chicos que han afrontado problemas con la ley.


 

  “Consideramos que si un chico llega acá, es un fracaso de todas las estructuras. Entonces intentamos que ellos se queden en su escuela, en su barrio o en su contexto familiar. Si esas posibilidades son viables, entonces esos chicos hacen hogar de día solamente. Es decir, llegan a las 7 de la mañana y se van a las 8 de la noche, de lunes a viernes”, aclara Manuel. Entre otras actividades que realizan en la granja, los chicos desayunan, asisten al colegio y participan en la producción del lugar.

  El trabajo de la institución es imposible de dividir o particionar, no sólo porque funcionan como una gran familia, también porque las actividades son complementarias. Sin embargo, en la granja se pueden ubicar dos niveles de trabajo: la parte de educación y la parte de la producción.

  Sin perder de vista el objetivo central, que es encargarse de re-generar un tejido social para los jóvenes que lo perdieron, en la Granja se incluyó como complemento la educación formal. El comienzo fue lento pero progresivo, como todo proceso virtuoso que se precie de tal. En un primer momento contaron con una profesora particular que brindaba apoyo escolar a los jóvenes de la Granja, para que luego ellos rindieran sus materias libres en un colegio de la localidad de Las Higueras. Con el paso del tiempo, y de las personas, se logró construir una estructura que permitió solicitar al Estado funcionar como extensión áulica del Instituto Sagrada Familia, y finalmente constituirse como escuela.

  Manuel recapitula los procesos y recuerda: “Estaba todo fantástico pero los chicos no tenían escolaridad y eso era una traba muy grande”. El ejercicio de la palabra dentro de la granja se ha fortalecido hasta tal punto que los propios alumnos toman asistencia a sus profesores, y aquel que llegue tarde debe dar las explicaciones correspondientes.

  Además, advirtieron que había chicos que ya tenían entre 20 y 30 años que estaban con ellos, lo que dejaba dos opciones. O transformarse en una mega-estructura que dependiera del Estado o convertirse en una empresa social, que es lo que se buscó y se obtuvo. Desde Siquem se generó la cooperativa “La Soberana”, con figura legal concreta, donde trabajan y perciben un sueldo las personas más grandes de la granja.

  Además de permitir una entrada de dinero, el trabajo que realizan les garantiza el autoabastecimiento de alimentos. No sólo tienen una huerta, un tambo y una panadería, también crían vacas, pollos, cerdos, conejos y chivos.


 

 Al recordar cómo surge el proyecto de la granja, a Manuel se le escapa una sonrisa que lo deja en evidencia y que anticipa la primer parte de la respuesta. Es innegable que recuerda un joven rebelde y lleno de insatisfacciones con el mundo.

  “Sin embargo, hoy con unos años más, puedo decir que hay quienes tuvimos una estructura básica de contención y de crianza que nos dio afecto, que nos permitió elegir. En un contexto de tanta desigualdad, todo eso te constituye en un privilegiado. Y los privilegios se honran”. Sí, así como de pasada suelta esa frase: “Los privilegios se honran”, algo tan claro pero que muchas veces roza y se disipa en límites difusos hasta perder de vista aquello que nos movilizaba. No hay dudas, Manuel tiene los pies en la tierra. Y han echado raíces.

  Con suma lucidez aclara que son conscientes que todo el trabajo que hacen es para suplir vacíos que deja el Estado. “Los derechos universales deben ser garantizados por el Estado y el gobierno de turno. Cuando esto no sucede aparecen estas estructuras”, dice Manuel.

  En algún punto de las 70 hectáreas que posee la granja, la entrevista continúa. Desandando historias, llegamos a un punto crucial en la vida de Siquem y de todos los que la hacen posible: los robos que sufrieron. Cuando Manuel lo recuerda, lanza un suspiro de esos que te rejuntan el alma de a poquito y te dan el envión necesario.

  “Fue un momento de crisis, donde surgieron las reacciones más insólitas. Pero tratamos de hacer una lectura política de eso, y sabemos que a nosotros nos roba el sistema. El sistema es el que va generando estas brechas, estas desigualdades, este desconocernos”, narra Manuel, evidentemente herido pero con la capacidad necesaria para reconocer el origen del problema.

  Para poder sobrellevar y salir a flote de una situación tan angustiante, afirma que es necesario interpretar las crisis como coyunturas de crecimiento y fortificar la vida comunitaria, que se transforma en el sostén para todos los integrantes de la granja. La construcción de esa gran familia que constituyen les permite erosionar el dolor de a poco.

  A pesar de estos momentos de suma tristeza, se comprende que la causa que moviliza a todas las personas que llevan adelante Siquem es mucho más profunda y no se agota en la cotidianidad ni se derrumba por sucesos penosos. Cuando el sistema, y los medios que lo avalan, trabajan para que la sociedad considere que ya no se puede hacer nada, la granja es un granito de arena. Y no cualquier granito. La persona que jugó con arena, que la ha visto pasar entre sus dedos o ha construido castillos colosales, sabe que siempre hay un granito que brilla más fuerte que el resto, ese que parece una estrella en el desierto. Ahí está la granja, brillante en la arena.  

  “Hay que pensar que siempre se puede. Si uno da oportunidades y herramientas, se puede. Lo que la sociedad tiró a la basura y tenía como opción la cárcel, la droga, el robo o la muerte, son tipos que hoy están laburando y armando su familia. Y aparte rompiéndose el alma para que a nadie le toque vivir lo que ellos vivieron”, sentencia Manuel. Esa es “la otra educación” que en Siquem se esmeran en cultivar y que ha dado frutos, tal como dice uno de los tantos mensajes grabados en la pared y en el corazón del lugar.

  Sobre el final, con todo el entusiasmo de haber conocido las instalaciones y las personas que forman parte de tan noble proyecto, Manuel dispara una frase que me congela por algunos segundos. Le pregunto por un escenario utópico que tenga en mente en relación a la Granja Siquem y responde: “Si pensamos en un escenario utópico, imagino un pueblo organizado, cada pibe con su familia y Siquem no existe”.

  A las 15:30 es momento de abandonar la granja. Manuel, Patricia y varios más deben asistir a un té tómbola que organizan para recaudar fondos. Con alguna emoción dando vueltas en mi interior, me voy. Alegre por saber que en el mundo existe una institución con una esencia rebelde, pero apesadumbrado por saber que aún hoy hacen falta.

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