Historias

Estudiantes que proponen hacer

La resolución322/2009 puede ser sólo un número, otra de las tantas resoluciones de la Universidad. Sin embargo, marcó un antes y un después en todas nuestras carreras. La resolución, que se aprobó en el año 2009, estableció las prácticas socio-comunitarias para los estudiantes

Por Emiliano Jauregui Piva


Es poco conocido que los estudiantes pueden ser, más que una parte del proyecto, un engranaje propositivo e impulsor de nuevas prácticas


Como ejemplo de esto les presentamos la historia de un grupo de estudiantes de veterinaria que casi por casualidad, como suelen suceder las cosas buenas de la vida, se toparon con una realidad que no esperaban y la transformaron en una propuesta de práctica socio-comunitaria.


Analía Bosque, cordobesa y recientemente graduada de Medicina Veterinaria, es una de las impulsoras y cuenta que el proyecto “surge a partir de una compañera nuestra que se llama Natalia Epulef, de orígenes y pertenencia a la comunidad mapuche de San Martín de los Andes, que tiene un familiar que tuvo una complicación con una enfermedad llamada Hidatidosis y fue sometido a cirugías”. Ella y otros estudiantes pertenecen al equipo de ayudantes de la cátedra Enfermedades Tóxicas y Transmisibles de los Pequeños. Es en ese ámbito de encuentro donde Natalia le comenta al grupo la problemática y propone organizarse para viajar a brindar charlas preventivas. Es así que este grupo, que ya venía dando charlas en colegios de la ciudad, decide emprender la aventura de viajar más de 1300 kilómetros para encontrarse con una comunidad y una cultura diferente, aparte de una problemática concreta.


Fue, en principio, un viaje de recreación. Les resultaba novedoso conocer nuevos paisajes, culturas y experiencias. Lo llamativo es que, en paralelo, pensaban que se podía hacer, ¿de qué manera se podía aportar para mejorar los problemas sanitarios que tenía la comunidad? Analía cuenta que “está muy dividido lo que es el centro de San Martín, la ciudad en sí, con todo lo que es el comercio y el turismo internacional, y la comunidad mapuche que está asentada en las montañas que rodean el lago Lakar” y agrega “dos culturas que comparten un mismo lugar pero que están bastante separadas, aunque en los últimos años hay un gran avance por recuperar la cultura”.


Las estudiantes cuentan que los mapuches son “como cualquiera de nosotros”, solo que tienen sus propias tradiciones y su propia organización política. Tienen su bandera, sus asambleas los domingos, donde se juntan entre las comunidades cercanas y tratan problemas comunes. Incluso festejan su propio año nuevo y se basan en otro calendario. Tienen muy arraigada la relación con la madre tierra, el sol, la luna, las estrellas y la naturaleza.


Las estudiantes vivieron de cerca la comunidad, “de noche, fogón de por medio, nos contaron la historia de ellos. Sus guerras con los argentinos en el pasado. Sus costumbres y su respeto a la oscuridad, que la consideran como el momento donde tienen permitido salir otras energías que a la luz no salen. Cuando un mapuche sale de noche debe andar con una luz y pedir permiso”.



En el segundo viaje que tienen planeado hacer, piensan organizar charlas y actividades recreativas para niños y adultos en las comunidades Pil Pil, Quila Quina y Trompul. Son tres colegios en la montaña. “Vamos a ir hablar sobre las enfermedades zoonóticas (de transmisión de animales a humanos) y el tema de la huerta, que ellos trabajan mucho, y que también está relacionado con la transmisión de enfermedades”.


Mariana Benavent, otra de las integrantes del grupo, oriunda de Maipú, complementa: “La práctica surge a partir de un viaje que hicimos con amigos, donde vimos que la enfermedad proviene de la relación entre las ovejas, el perro y el humano. Como la oveja es la forma de vida de la gente allá, hay mucha incidencia de la enfermedad. La comunidad conoce mejor que nosotros la enfermedad pero no sabe cómo prevenirla”.


El entusiasmo desborda y esas cosas se notan. Analía dice con orgullo “después de un año y medio de presentado el proyecto logramos que se apruebe y este año volvemos a ir el 25 de Noviembre”, claro que esta vez con el apoyo institucional de la Universidad, dos cátedras y un grupo de 35 estudiantes de veterinaria, agronomía, biología, psicopedagogía y comunicación social.


Al proceso lo relatan de la siguiente manera: “Empezamos nosotros, los de veterinaria, y fuimos sumando agrónomos por el tema del trabajo de la huerta que nos pidieron las directoras de los colegios. Después sumamos psicopedagogas para poder adaptar los mensajes con los niños, para que llegue. Sumamos alguno de comunicación por el tema de la folletería y los carteles. También hay biólogos que nos van a ayudar y varios profesores de cátedras de agronomía y veterinaria”. Ellos se juntas los lunes por la mañana en la universidad y se dividen por grupos, según trabajen con las enfermedades, con la huerta o con las encuestas que piensan realizar para detectar cómo la comunidad percibe las enfermedades, y si conocen la forma de transmisión y prevención.


“Nos gustaría que esta fuera una prueba piloto, a ver como nos va, como nos integramos y como nos reciben ellos, y que se pueda continuar en el tiempo”. Analía fija su mirada. De pronto un brillo inusitado se posa en la yema de sus ojos y dispara: “Nuestro objetivo es conformar un grupo interdisciplinar y todos los años ir hacia allá y hacer alguna actividad en base a alguna problemática que ellos tengan y que se arme un vínculo entre ellos y nosotros como universidad”.


Las estudiantes ambicionan con consolidar un grupo que pueda ir todos los años, para contribuir su pequeño grano de arena a la comunidad. “No queremos que ellos sientan que fuimos una sola vez y después quedo todo ahí. Seguir el tema de la huerta, como les ha ido con la prevención de enfermedades, otras ideas que a ellos se les ocurra. Y que no solo seamos estudiantes de agronomía y veterinaria, sino también expandir a estudiantes de abogacía para que traten los problemas que ellos tienen con la tierra” comenta Analía, con el entusiasmo a flor de piel.


Si buscamos un ejemplo claro de una práctica que nazca de la comunidad y la universidad la canalice, sin dudas es esta experiencia. Mariana relata que “el proyecto nace con el ímpetu de ayudar a la comunidad de donde proviene nuestra compañera. La comunidad tiene un Onco, que es como un presidente. Nos fuimos comunicando por vía de cartas y fuimos construyendo el proyecto. Ellos se juntan en asamblea un domingo por mes. Ahí se presenta el proyecto que se quiere hacer y toda la comunidad está de acuerdo también. El permiso no solo nos lo dio el Onco sino que la comunidad está consciente de que es lo que vamos a hacer”.


De la misma manera que se construye una casa, siempre se edifica sobre la base de cimientos sólidos y anteriores. En veterinaria existe hace varios años una experiencia similar, pero en Misiones. “En una materia de la profundización, que se llama Pasantías a Campo, van todos los años a Misiones a trabajar con pequeños productores. Es un clásico. Allá ya los conocen, vuelven con muchas experiencias, aprenden mucho los chicos de acá, a su vez a los productores de allá le dan una mano con el diagnóstico de enfermedades” relata Analía y remarca “ese es el dato que yo me acuerdo de que se puede sostener algo así en el tiempo y hacerlo todos los años”


Ante la pregunta: ¿Qué motivó a este grupo de estudiantes a proponer una práctica con estas características? Mariana contesta con su historia personal: “Yo vengo de una universidad privada donde estudié tres años y cuando vine acá por razones económicas, logre ver eso de devolverle a la sociedad lo que nos da para que nos formemos. En la universidad privada sos un numero mas donde si no pagas, no rendís. Está muy lejos de devolverle algo a la sociedad”.


Sin embargo no es solo altruismo. La sospecha de que hay algo más es confirmada por la seguridad que inspira Mariana al decir “también te ayuda a vos para desenvolverte mejor, para hablar mejor en un oral, en un examen y perder ese miedo de aplicar lo que estamos aprendiendo. A la larga te ayuda a desarrollarte como profesional, no es solo la gratificación emocional de ayudar al otro”.


Analía reflexiona “la expectativa que tenemos es poder integrarnos con ellos, más allá de lo profesional, en lo cultural. Porque pertenecen al mismo territorio que nosotros pero los conocemos muy poco. Que pueda haber un intercambio. Ellos aprendan de nosotros y nosotros nos podemos llevarnos algo de ellos”. 


En ese ida y vuelta se construye un conocimiento que va más allá de cualquier manual de ciencia. Mariana está recién operada de una lesión en el tobillo .Tiene su pie enyesado y sus muletas apoyadas en la mesa. Con mucha templanza en sus palabras, nos comenta que espera llevarse, también, un poco de la mística y la cultura de la comunidad, sus rituales y tradiciones, “es una enseñanza para nosotros, un intercambio cultural, esa es nuestra expectativa”.


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