Historias

La misma calle, el mismo colectivo

Por Nacho Telleria


  El paisaje cotidiano de un lunes cualquiera está enrarecido en la capital cordobesa. La marea humana aflora desde cada calle del centro de la ciudad, saturando las veredas como en un hormiguero de cemento. Hay un elemento habitual que desde hace nueve días está ausente: no se ven los carteles de led, ni se escuchan las bocinas y frenadas de los colectivos de transporte público que suelen asomar a la vuelta de cada esquina. Después de más de diez cuadras de caminata, como excepción a la regla, aparece un ómnibus de la empresa ERSA cruzando por calle Vélez Sarsfield, lo custodian de cerca dos policías motorizados que marcan la distancia con el resto de los vehículos que aglomeran el tránsito.

 

  Esta extraña postal de Córdoba es apenas un reflejo del panorama en tensión que tiene a las trabajadoras y trabajadores del transporte urbano en el ojo de la tormenta. En un gesto de dignidad irrenunciable, los choferes y delegados de la Unión Tranviarios Automotor (UTA) patearon el tablero de una asfixiante negociación salarial con el Ministerio de Transporte de la Nación y convocaron a una huelga general. El acuerdo paritario acatado por la propia UTA nacional obligaba a sus trabajadores de Córdoba -donde el gremio está intervenido desde Septiembre del año pasado- a recibir un mísero 8% de aumento salarial hasta fin de año, sobre una inflación acumulada que ya llega al 10,5% .

 

  La pluma y las cámaras de los principales medios de comunicación de la ciudad se encargaron de demonizar la huelga durante una semana, arremetiendo contra los trabajadores en una permanente  y desleal acusación, señalándolos como vagos, salvajes, desestabilizadores y partidarios. Esta táctica mediática no sorprende, es obvia y comprensible cuando se utiliza como ariete del poder político. Es una herramienta que construye representaciones y alimenta imaginarios, en sintonía con la necesidad del municipio de enfrentar a trabajadores contra trabajadores, pueblo contra pueblo.


  Ese lunes 12 de Junio, la rabia organizada toma forma de movilización solidaria. Son miles los trabajadores del transporte que salen a la calle a marchar en reclamo de la renegociación salarial. 

  Basta con caminar entre toda esa multitud para descubrir que el retrato de la marcha es muy distinto al pronóstico de los medios. Emociona y huele a esperanza, la solidaridad de tantos otros gremios que se funden en el collage multicolor de la calle. Las camisas celestes de los colectiveros se mezclan entre las camperas verdes de los recolectores de residuos y barrenderos, guardapolvos blancos de colegiales asoman, chalecos azules de trabajadores que apuran el paso para acercarse a la multitud. Se suman también a la infinita columna humana, las banderas de las tres federaciones universitarias de la provincia: los estudiantes universitarios de Villa María, Córdoba y Río Cuarto también dicen presente, haciendo honor a la historia de unidad obrero-estudiantil que forjó esa misma ciudad en el ´69. 


 

  Con la cámara en la mano me voy abriendo paso entre la gente, intento gatillar a tiempo escenas increíbles de esa procesión, pero me congelo de a ratos viendo por el visor esa película viva, que  recuerda a las enormes movilizaciones que alguna vez me mostraron en un libro de historia. Subido a la caja de un camioneta de prensa que circula por el medio de la calle entre toda la multitud, un fotógrafo con la chaqueta de los choferes me pregunta: ¿Querés subir pibe? Imposible contener la sonrisa en la cara, agarro su mano extendida y me paro sobre la caja ganando una posición envidiable para captar la foto que necesito. Mientras otros fotógrafos suben igual que yo, me presento al hombre: “venimos desde Río Cuarto, somos de la Federación Universitaria y vinimos a acompañar porque es importante estar acá, junto a los trabajadores”. El tipo sonríe y me da un abrazo, “mis hijos también estudian en la universidad, acá en Córdoba, vinieron con sus compañeros de la carrera a marchar con nosotros, hay muchos hijos de laburantes acá y estudiantes que se acercaron para saber lo que esta pasando”.   

 

  Lo que cuenta ese chofer no es solo una anécdota pasajera, deja entrever una reflexión implícita que atraviesa el conflicto. Entre las antinomias que dispararon durante una semana la televisión y los diarios, queriendo estallar los intereses de todos los ciudadanos bajo la falsa disputa “mis derechos contra los derechos de los demás”, se vuelve urgente la necesidad de rescatar la empatía entre los ciudadanos para entendernos todos como parte de la misma historia, las mismas necesidades, los mismos derechos. En ese momento concreto asalta la pregunta: ¿acaso no son todos esos trabajadores de la marcha, los mismos colectiveros que todos los días nos levantan en cada parada camino a la universidad? ¿No son los docentes que acompañan, iguales a cada profesor que nos recibe en el aula de nuestra propia universidad en Río Cuarto? Ellos y tantos otros trabajadores son los actores de la obra cotidiana por la que transitamos los estudiantes, tal vez los primeros con quienes deberíamos cruzar la palabra para preguntarnos ¿qué es lo que está pasando y qué deberíamos hacer? cuando un aluvión de tapas de diarios se empecinan en decirnos donde tenemos que estar parados y contra quien apuntar, en cada conflicto y en cada disputa.     


 

  En las veredas están apostados decenas de gendarmes, flanquean junto a humeantes carritos de choripanes y hamburguesas las calles por donde pasa la multitud. La inexpresión de los rostros detrás de los cascos marca serenidad, saben que no habrá motivos para entrar en acción ni desenfundar las cachiporras. Los trabajadores que marchan están decididos a demostrar que la lucha por sus derechos es una lucha de paz y solidaridad y que lejos está de agredir o violentar. Cuando los choferes pasan junto a los gendarmes, saltan y cantan más fuerte, hacen sonar los bombos y platillos con una euforia desmedida, pero no es una señal de provocación hacia las fuerzas del orden. Muy por el contrario, parece un intento de contagiar al otro de esa misma energía, de vociferar a los policías y gendarmes que no hay entre ellos y los que marchan dos veredas distintas, sino una sola senda de trabajadores que luchan por las mismas reivindicaciones.

  Las mujeres son protagonistas de esta lucha, decenas de trabajadoras entrelazan los brazos con sus compañeras de al lado y se ubican a la vanguardia de la manifestación. Gritan, cantan, bailan y agitan las banderas de las delegaciones gremiales con un entusiasmo que salpica a todos. "¡Los gremios unidos jamás serán vencidos!" se extiende como un mantra recitado a lo largo y ancho de las avenidas que van llenándose de trabajadores. Un viejo con una bandera en la mano se seca los lentes empañados de emoción, levanta el puño y -en el mismo gesto- se encuentra con una nena de apenas 5 años que lo mira desde los hombros de su papá.


 

  Llegando al acampe montado frente a la seccional de UTA Córdoba, un intenso humo de bengalas verdes cubre las cabezas de todos los presentes. Erika Oliva -delegada de la empresa TAMSE y referente de la huelga- toma la palabra desde arriba del escenario. Es la más baja de todos los oradores, pero sus palabras la vuelven gigante y encienden al público como ninguno de los demás podrá hacerlo después de ella. Habla de la unidad de la lucha, de la solidaridad entre trabajadores y de la voluntad de defender los derechos cueste lo que cueste, mientras hay un silencio de respeto absoluto entre los más de 12 mil presentes, seguido por un estallido de vitoreos cuando termina de hablar.

 

  Horas después una especie de tragicomedia tomará por sorpresa a todos los cordobeses. El acuerdo realizado entre las asambleas de choferes a través de sus delegados, junto a la Secretaría de Trabajo del municipio, aseguraba la reincorporación de los despedidos y el pago de los días de huelga, comprometiendo a los conductores a retomar su trabajo a partir del día siguiente. No obstante, el intendente Ramón Mestre desconocerá ese acuerdo sobre la medianoche del mismo lunes, enfatizando su discurso antisindicalista y antiobrero. Las presiones sobre los choferes empujaran a una renegociación dentro del marco de la conciliación obligatoria, dejando un sabor amargo a una victoria incompleta, pero marcando un antecedente fundamental de las luchas futuras.

 

  Frente a las operaciones mediáticas más buitristas, contra el desamparo de algunos representantes gremiales que transaron con el gobierno -municipal, provincial y nacional- y sobre todo frente a los intentos de esos poderes de sembrar un odio irreconciliable entre sectores de toda la ciudadanía; la única alternativa y camino viable -constructor de un futuro más justo y digno-, es el de la solidaridad y la unión de fuerzas de todos los trabajadores para resistir cualquier embestida.

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