Historias

La Universidad, el patio de mi casa

Al terminar el secundario, la aspiración de algunos jóvenes es poder seguir estudiando, pero las sensaciones con las que se encuentran están entrelazadas entre nostalgias, miedos e incertidumbres de un mundo desconocido. Este no es el caso de Lucre, para quien este lugar es conocido, aun incluso, antes de caminar.

Por Fernando Acuña

 

  Cuando se hacen cuerpos los lugares que uno habita, es la primera expresión que aparece para describirla a ella, que desde pequeña ha encarnado cada rincón de la UNRC.

  Si es que existen estereotipos de estudiantes, por costumbres; por fachadas; por dialectos… éstos no entran en su configuración, porque toda persona en su casa “es tal cual es” y como ella dice “la Universidad es mi casa”.

  Lucrecia Celli  es estudiante de Ingeniería Agrónoma, vive apenas a dos cuadras del campus, en la calle 7 del Barrio Universidad, allí creció, cultivo las raíces de una mujer luchadora, transformada, con vocación;  es la percepción que deja luego de mantener una agradable charla.

  “Los sábados a la tarde las salidas eran ir a andar en bici por la universidad y era conocer… andar por adentro de la facultad de Agronomía y Veterinaria con toda la barra del barrio, y habremos tenido no sé, nueve, diez años; y era todo, ¿cómo? andar en los pasillos largos de un hospital”, relata lucre con cierta templanza, añoranza, nostalgia. Disculpen si no puedo describir con cierta exactitud aquellos sentimientos, pero créanme que su expresión es una urdimbre de  emoción.



  Entre mate y mate, ella prende un cigarrillo y piensa, sigue recordando su niñez en la cual se crio, en la universidad “es como si tu familia, tu viejo tiene un hermano y los patios son compartidos, entonces entras y salís cuando queres”. Vaya analogía la que esboza.

  No me caben dudas ya, que los perímetros de la universidad no son un lugar de paso como para la mayoría de los estudiantes, la pileta, la escuela de hockey también fueron espacios que dejaron huellas en su infancia.

  Con mucha risa y timidez me cuenta que no era de las chicas con mayores condiciones para el hockey, “era una chancleta. Me acuerdo que me había comprado unas zapatillas de yute (blancas); primer día me fui con esas zapatillas, todo porque las iba a estrenar, estaba chocha, ¡bosta las hice!, no me quedo nada, ¡nada! De las zapatillas. El cagadon a pedo que me comí”, comenta con sonrisa cómplice de aquella anécdota y pide perdón por las expresiones utilizadas.

  Como si no pudiera salirse de su destino, en su último año del secundario en el Instituto Nuestra Señora del Carmen, realizó unas pasantías en la facultad de Agronomía, la cual terminó por encaminar su vocación.

  Ahora sí, ya desandando su camino, narra su experiencia como estudiante, que me animo a expresar que está cargada de emociones encontradas, porque si bien vivió momentos felices, también encontró obstáculos que no fueron fáciles de superar, tímidamente me contó que es   una carrera machista: “Las mujeres no sirven para el campo, la mujer es un objeto”, comenta con cierta resignación sonríe y prefiere no seguir contando.

  Un momento bisagra que definió su vocación por la agronomía fue en segundo año cuando realizó unas prácticas en el campo de La Aguada, en Pozo del Carril (un campo de la universidad). Estas prácticas pertenecían a un programa denominado AIVU (actividades de iniciación en la vida universitaria).

  “Me anoto para colaborar, y ahí empezamos a ir con un grupo de tres, cuatro personas… en La Aguada se castraba y yo nunca en mi vida había usado un bisturí, y creo que no se, si había tocado un huevo en mi vida, en ese momento”. Lucrecia se sonroja por el comentario, con sus manos gestualiza que paremos un minuto, la risa se apodero de su tiempo. Toma un mate y dice “y bueno ahí empecé a castrar, durante varios meses fui hacer esa actividad”.



  De pequeña ya contó que recorría todos los rincones de la universidad, de grande perece que aquella inquietud seguía presente, ya que trabajó como ayudante en varias materias. “Mi primera ayudantía fue en Matemáticas, después me ofrecen trabajar en Química Orgánica que era un trabajo más aplicado al área que a mí me gustaba, estuve tres años ahí; después en la Cátedra  de Ecología y realice pasantía de investigación en la Cátedra de Entomología de la Facultad de Ciencias Exactas, ¡ah! Y trabajé en la fotocopiadora de agronomía”.

  Todas estas experiencias eran una búsqueda de aprendizaje. A poco de recibirse reflexiona sobre este proceso: “Yo entendí mucho más en la práctica que en la teoría, pero porque mi forma de aprendizaje es ese… Lo que la practica me ayudo es como ir a la teoría”.

  En 2011 rompe por primera vez su lazo con la universidad, se va durante dos años a trabajar al  Parque Nacional Nahuel Huapi y Los Alerces. “Cuando vuelvo en la búsqueda esa de no perder los lazos con la universidad otra vez, voy y me ofrezco como ayudante a trabajar en Uso y Manejo de Suelo y hasta el día de hoy me quede ahí”, asegura lucre.

  “Yo siempre voy ser una estudiante” me dice finalizando la charla. “Todos los días uno tiene que estar actualizado… por eso creo que hasta el día de hoy tampoco le di tanta importancia al título”. Un poco por esa necesidad de información, pero me animo a decir que otro poco, y esto corre por cuenta propia, es por no dejar su casa, por no abandonar esas raíces que la vinculan con la universidad. Un comentario de Lucrecia ratifica mis dichos: “A mí me sacan la universidad un mes, o lo que pasa en vacaciones que no hay actividad universitaria, y es una depresión enorme”.

  Dos termos de mates acompañaron nuestro encuentro, me reconoce que le dio vergüenza saber que la estaba grabando, le digo que no se notó para nada, nos reímos y me confiesa que le encanta hablar, agradezco su predisposición y apago el grabador.


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