Historias

La vida como un viaje, el viaje de la vida

Por Ezequiel Marclé y Macarena Pardo


“Llamamos a todos y a todas a no soñar, sino a algo más simple y definitivo: los llamamos a despertar”.

Subcomandante Marcos


El ser humano es por naturaleza un ser gregario, es decir, que necesita identificarse con uno o varios grupos humanos, de manera constante y permanente toda su vida. Explicado de otro modo, necesita puntos de contacto o afinidad con sus pares; y aún más con aquellos que comparte rasgos, pensamientos, ideales, y hasta sentimientos o emociones, de modo que nuestro paso por la existencia no se vea teñido por la estúpida angustia que toca a muchos. De esta manera, nos vamos constituyendo como personas con experiencias de vida adquiridas, levantando la bandera de ideales, dándole sentido a nuestro paso por el mundo.

El proceso de constitución como personas puede ser llevado a cabo de muchas manera y una de las más eficaces, a nuestro criterio, la constituyen los viajes, nuestros viajes, los viajes de nuestra vida, los viajes a “lo desconocido”, a “lo nuevo”. Todo viaje nuevo, genera en nuestra mente un gran signo de interrogación (vinculado con la gente que conoceremos, los lugares que descubriremos, las comidas que degustaremos y muchos etcéteras mas), que en el mejor de los casos podrá ser respondido en parte en ese viaje pero generalmente producirán más y más grandes signos de pregunta, siendo esto tal vez lo más interesante. Y en esto último, reside la esencia de todo viaje: borrar fronteras, desmitificar ideas erróneas, cuestionarse la propia forma de pensar y de hacer que estaban arraigadas a nosotros,  preguntar muchas veces. Todo esto, sin duda, generará algo no menor: a la vuelta de ese viaje (¿tiene que haber vuelta?) dejaremos de ser las mismas personas que cuando comenzamos ese viaje; en algunas situaciones más, en otras menos, pero lo claro es que todo viaje nos toca alguna de nuestras fibras más íntimas, nos “mueve el piso”. Y eso está genial.



Nuestro caso particular comenzó allá por fines de octubre de 2015 cuando nos enteramos que Ezequiel había sido seleccionado para realizar un intercambio académico en la Universidad Autónoma Chapingo (UACh), ubicada al lado de la ciudad de Texcoco de Mora en el Estado de México, México, a una hora y media del monstruoso y gigantesco Distrito Federal. Tal intercambio se dio a través del Programa JIMA (Jóvenes Intercambio México-Argentina) fomentado desde el Ministerio de Educación de la Nación, para estudiantes de grado de Universidades Nacionales. El intercambio se extendió por un semestre, que correspondía a un período mínimo de cursado en aquella universidad, donde Ezequiel cursaría materias de su elección que luego pudieran validarse para el plan de estudios de la carrera de Licenciatura en Administración de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNRC. La aventura comenzó el 17 de enero de 2016 cuando partía el vuelo desde Córdoba hacia la ciudad de  México, con escala en Lima. Desde las 00 horas de ese día hasta que finalizó el intercambio, el 18 de junio de 2016, cada segundo contó y sumó algo diferente, novedoso y enriquecedor a una experiencia única y provechosa por donde se la mire. Y esto no es todo, si se agrega que el 17 de abril llega a la ciudad de México (proveniente de varias semanas de mochilera por Bolivia y Perú) Macarena, la experiencia se reformuló y pasó a ser doblemente enriquecedora: lo académico y lo cultural, vivencial y “viajero” confluían y se entremezclaban permanentemente en los meses que estuvimos juntos en México.

La extensión de esta nota se desbordaría al tener que describir detalladamente experiencia por experiencia vivida en el país azteca: mejor dicho, sería necesario una nota para cada una de las mismas. Por eso es oportuno elegir la que, a nuestro criterio, fue la experiencia más profunda de nuestro viaje; se encuentra dentro de esas que calan hondo en el corazón, esas que nos marcan para toda la vida y que son dignas de guardar y recordar para la posteridad. Y es que, para nosotros, los días vividos en el sur de aquel país, específicamente en el estado de Chiapas, fueron los esenciales de nuestro viaje y con los que nos más sentimos identificados e interpelados.




El estado de Chiapas, está situado al suroeste de México, limitando con Guatemala, en la puerta de Centroamérica. Se trata de una de las regiones de México más ricas en cuanto a su cultura, a su biodiversidad, a su historia, a sus tradiciones ancestrales y a sus recursos naturales. Su biodiversidad está representada en su máxima expresión en la selva Lacandona, sub región dentro del Estado que representa el 13% de la superficie del país, en donde se confunden los ríos, los cursos de agua menores, las cascadas, la naturaleza pura, los infinitos matices de verdes, la “pachamama” en estado vivo, rugiendo. No fue casual que se trate de uno de los epicentros o cunas del nacimiento de una de las civilizaciones prehispánicas más avanzadas y prósperas que se conocen: los mayas; de ahí el inmenso abanico de tradiciones, de prácticas culturales y de cosmovisiones tan particulares y tan profundas del mundo y de la existencia humana que caracteriza a esta región. Actualmente, alrededor de 12 pueblos ancestrales, con raíces comunes, coexisten en este territorio.

Viviendo en la carencia total, con necesidades básicas insatisfechas, muriendo de hambre, sin acceso a los sistemas públicos de educación y salud. Excluidos (y ocluidos) por el sistema. Y por si fuera poco resistiendo al vapuleo, al ninguneo, a la permanente y cotidiana negación de la mayoría de sus propios hermanos mexicanos: son como los “nadies”, de Eduardo Galeano. Paradójica realidad con altos niveles de pobreza, marginación y desigualdad que duele y clama en la región más rica en recursos naturales de México.

No es tan fácil describir las sensaciones en estos lugares: se respira cultura e historia, se respira dolor y explotación. Se suceden permanentemente emociones contrapuestas: asombro, dolor, bronca, orgullo (por la lucha de esos hermanos), perplejidad ante la naturaleza. Terminábamos agotados cada día, cada día era un libro completo. Fuimos transitando por diferentes poblados: San Cristóbal de las Casas, Palenque, Ocosingo, San Juan Chamula, Oventic, San Andrés, solo por nombrar algunos. Cada uno con su impronta y sus particularidades pero unidos en la histórica resistencia interminable y con las esperanzas siempre a flor de piel.

Y no hay que dejar de remarcar un capítulo dentro de la historia de resistencia aludida anteriormente, un capítulo bisagra en la vida y en la conformación de estos pueblos. Pero en este caso, se trata de un capitulo pleno, positivo, que inyectó esperanza, que levantó los ánimos, que despertó las almas adormecidas (y casi entregadas) de miles y miles de hermanos de las ancestrales comunidades de la selva Lacandona y de Chiapas en general, extendiéndose a otros varios lugares de México. Nos referimos a la Revolución Zapatista, grito colectivo que se fue gestando por mucho tiempo, y que se auto-parió como una sublevación armada el 1 de enero de 1994 con la toma del centro municipal de San Cristóbal de las Casas, alcanzando amplia repercusión y eco en la comunidad mundial, pero principalmente en sus centros de poder, debido a sus demandas de justicia y reivindicación de los derechos de los pueblos originarios de México y de los pobres. No en vano el inicio se dio en la fecha mencionada sino que fue coincidente con la entrada en vigor del TLCAN (Tratado de libre comercio  de América del Norte), también conocido como NAFTA, en el que México iba a iniciar el camino hacia su liberalización permitiendo la explotación de sus recursos y su posterior transferencia directa a EEUU y Canadá, en una relación de obsecuencia con el poder yanqui.



Esta revolución Zapatista estuvo y está impulsada desde el primer momento por el autodenominado Movimiento Zapatista, conformado por la interacción por tres grandes actores: el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) (un ejército con plena capacidad de acción pero con pensamiento mucho más allá de las armas), las comunidades originarias y la sociedad civil, mexicana e internacional. La Revolución irrumpe en el escenario mexicano y mundial para patear el tablero del orden político de su país y poner en discusión demandas, necesidades, dolores, carencias e indignidades postergadas durante siglos y décadas. Hay innumerables aristas por donde puede analizarse este magnífico Movimiento Socio-Político-Cultural, hay libros y libros, ensayos y ensayos; pero, en general, dada la simpleza de sus objetivos y de sus luchas: su razón de ser puede verse representada en sus 7 principios para “construir un mundo donde quepan muchos mundos”:

  • Obedecer y no mandar.
  • Representar y no suplantar.
  • Bajar y no subir.
  • Servir y no servirse.
  • Convencer y no vencer.
  • Construir y no destruir.
  • Proponer y no imponer.

Desde su nacimiento y hasta nuestros días, la Revolución sigue luchando y ampliando cada vez más su número de adeptos, de seguidores, de multiplicadores y de apoyos, en todas partes del mundo. Son muchas los logros obtenidos, entre los que se destacan la conquista de ciertos espacios/territorios denominados “Caracoles” donde los zapatistas tienen plena autonomía, ejerciéndola a través de las Juntas del Buen Gobierno (órgano máximo de gobierno en los Caracoles). Esta autonomía es plena y se da en todos y cada uno de los aspectos de la comunidad: educación, seguridad y defensa, producción, consumo, salud. Son verdaderos bastiones de resistencia y de propagación de ideales, y modos de vida. Conocerlos es impresionante, es estar en contacto con su historia y sus luchas, con sus sueños y sus esperanzas, es ver “formas de mundos nuevos”.

Particularmente, tuvimos la posibilidad de conocer Oventic, uno de los Caracoles zapatistas desperdigados por Chiapas. La descripción de esa experiencia es bastante interesante y tiene matices propios muy destacables: al momento de la llegada, por un lado pudimos notar un espacio custodiado por personas con la cara tapada (pasamontañas negros) y portando armas de fuego. Luego, cuando dimos a conocer la intención de poder ingresar a su comunidad, mostraron recelo y luego de cierta deliberación –que se extendió por media hora aproximadamente- , accedieron a nuestra petición pero con la condición de registrar nuestro ingreso y de acreditar nuestra documentación identificatoria (pasaportes). Antes de comenzar con la “visita guíada”, nos solicitaron no hablar con nadie de la comunidad y dirigir cualquier pregunta solamente al guía. Con respecto a las fotografías, solo a las construcciones/murales y no a los pobladores. El recorrido se extendió por más de dos horas, con paradas en cada espacio en común dentro de la comunidad (Junta del Buen Gobierno, Comedores, Escuela, espacios de recreación) y muchas preguntas a quien nos acompañaba en el recorrido. Pudimos pasar también por algunas salas donde venden artículos como: remeras, recuerdos, libros, cuadros, pañuelos y demás productos artesanales: todos estos ingresos representan una entrada de dinero para la causa zapatista. Entre las muchas conversaciones que se iban suscitando una para destacar es aquella en la que nuestro acompañante nos comentó que la comunidad está abierta para aquellas personas voluntarias con saberes, prácticas o ideas para aportar y para aprender.



Después de muchos días de procesar esa experiencia, y de indagar y hablar con lugareños chiapanecos pudimos comprender la resistencia que le ofrecen al ajeno, al “extraño”, al otro, y es que se trata de un pueblo golpeado, un pueblo muchas veces engañado. También pudimos entender, luego de investigar, que el pasamontañas es un símbolo central desde su constitución como movimiento: “…la principal razón es que tenemos que ser cuidadosos de que nadie trate de ser el líder principal. Las máscaras son para impedir que eso ocurra. Se trata de ser anónimos no porque tengamos miedo de nosotros mismos sino para evitar ser corrompidos. Así nadie puede aparecer todo el tiempo y demandar atención”, son palabras del Sub Comandante Marcos, uno de los principales ideólogos y portavoces del movimiento zapatista, en alguna de sus innumerables entrevistas. Ellos hablan de un “liderazgo colectivo”. Sin lugar a dudas, conocer el Movimiento Zapatista impactó mucho en nuestra experiencia y frecuentemente, hacemos el ejercicio de crear paralelismos entre las líneas de acción del Movimiento y nuestro día a día, nuestro accionar, además de investigar sobre el mismo.

La experiencia por México en general y por Chiapas en particular, con su gente, con sus ideas, con sus paisajes, con sus lugares y con la naturaleza pura, nos hizo pensar y pensarnos de otra forma, contribuyó a ampliar nuestras fronteras de pensamiento, a veces tan encasilladas en el “cuadradito” donde uno vive y crece. También nos instó a seguir preguntando (siempre, preguntando), a seguir siendo curiosos, y a no tener resistencia frente a lo diverso, a lo diferente, a no tenerle miedo al cambio personal.

Es oportuno incluir una reflexión final al respecto de la condición de seres sociables (introducida al comienzo de la nota). Cae en equívocos, a nuestro criterio, quien piensa  que tal condición solo se construye y consolida en nuestra porción de mundo. El terruño que nos vio nacer y crecer, nuestra casa, nuestra ciudad, nuestra universidad, en definitiva nuestra “zona de confort”, pueden verse (y deberían verse, en este mundo diverso y permanentemente cambiante)  como un punto de partida (necesario pero para nada suficiente) que actúe como trampolín para acercarnos a otras realidades, a otros mundos, a otros grupos humanos que, tal como unos ríos de nuevos conocimientos, están fluyendo constantemente con la posibilidad de que uno se sumerja en ellos, aprenda, absorba y construya saberes y se vea interpelado por una realidad de la que no se tenía la más mínima idea (en la mayoría de los casos) o de la que se tenía una idea distorsionada y que, en definitiva, nos hará tomar conciencia, en mayor o en menor medida, de la inmensa diversidad de lo que podemos denominar el colectivo “raza humana” en el mundo. 

Por último, no es posible finalizar la nota sin destacar la importancia que una entidad pública de nuestra Argentina, me refiero a la Universidad Nacional de Río Cuarto (entre muchas otras más), articule y genere estas posibilidades para sus estudiantes: la posibilidad de viajar, de “intercambiar”. Los programas de intercambio académico son magníficos, son un intangible valiosísimo para los estudiantes: pueden constituir ciudadanos con visiones holísticas, comprometidos socialmente y con responsabilidad. Son como los “trampolines” o los puntapiés sobre los que se hacían referencia anteriormente. Y para muchos, entre los que nos incluimos, esta posibilidad solo puede sostenerse APOSTANDO A CLARAS POLÍTICAS DE ESTADO SOBRE LA EDUCACIÓN PÚBLICA Y SU DESARROLLO. No hay otra.


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