Creatividad

Primer encuentro

Por Stefanía Aluffi

Los dos estaban evitando un presente que los apuraba, atormentados por cosas de un pasado lejano; cosas que a nadie habían confesado.

Ella caminaba hacia un bar mientras miraba al pasar alguna vidriera de los comercios de la avenida. Cuando no había nada para ver, jugaba con las baldosas de la vereda, como cuando era niña y el violento paso del tiempo no se había posado sobre su cuerpo, sobre su piel y sus ojos. No es que hubieran pasado demasiados años desde que dejo de ser niña y se convirtió en mujer, sino que cada año, desde que asumió su vida de adulta, la golpeo con la fuerza de cuatro. O tal vez de cinco.

Pese a ello, su rostro guardaba algo de inocencia y la belleza con la que había llegado a este mundo. Tenía los ojos marrones y una mirada profunda, que dejaba al descubierto su carácter.

La soledad resguardaba sus caderas y sus pechos de manos extrañas e insaciables, pero también surcaba un tremendo pesar en su interior, allí donde se supone que a uno le duele cuando sufre por un amor no correspondido o no vivido.

Su cuerpo llamaba constantemente a los espectadores del sexo opuesto pero su mirada, fiel espejo de su alma, los ahuyentaba de inmediato, sin siquiera dejarlos fantasear con la figuraba que contemplaban.

Y tanta soledad le había dejado tiempo para estudiar, para aprender de todo y más. Pero su especialidad era el Derecho y a eso se dedicaba, siempre que podía consumía pilas y pilas de libros y textos que intercalaba con recreos artísticos. Entonces cuando dejaba el estudio a un lado, sacaba lo mejor de sí misma a través de la pintura. Lo mejor y también lo peor. Porque sentía que en aquellos trozos de madera, en el lienzo y en el óleo podía plasmar todo lo que no decía y todo lo que deseaba secretamente, sin sentir el juicio o la humillación sobre sus hombros. Porque era demasiado orgullosa como para mostrarse débil ante los demás.

Esa característica suya le impedía conocer a alguien que además de derretirle el cuerpo le derritiera el alma. Y que más que sacarle la ropa y acariciarle la piel pudiera sacarle los miedos y besarla por dentro, hasta que se le fueran las ganas de nada que sentía desde hacía tiempo.

Los viajes que hacia cada tanto eran una tregua para tanta soledad. Recorrer lugares exóticos y desconocidos para ella, la despejaba de todos los pensamientos habituales y en algunas ocasiones le había permitido conocer a algún que otro hombre que, aunque no cumplía con todos los requisitos que ella buscaba, había sido capaz de estremecerla por algunas horas.

A él en cambio siempre se le hacía tarde para todo, incluso para el amor. Aprendió muy tarde a amar de verdad y cuando lo logro – o al menos eso creyó - su esposa se había cansado de esperar el cariño que creía merecer, aunque fuera por lastima y no por ardiente deseo.

Cuando se sintió capaz ya se le había hecho tarde.  Un terrateniente de apellido prestigioso y cabello blanco le había prometido el paraíso a su mujer y ella acepto, sin más paciencia ni tiempo que perder. Sus hijos tampoco lo dudaron, y se fueron.

Fue por eso que él se quedó solo. Completamente solo, salvo con la compañía de Minerva, una gata que no pudo cambiar su suerte y no tuvo más remedio que oír el llanto espasmódico de su dueño.

Sumido en una gran depresión, dejo atrás su escasa y amarga rutina, perdió su trabajo y pasó sus días bebiendo café – cuando todavía había luz de sol - y whiskey – cuando terminaba el día y el corazón le dolía el doble -. Mientras, miraba algún  programa en la televisión y al cabo de un rato, un poco avergonzado de sí mismo, miraba una y otra vez las fotos que su esposa le había dejado en una bolsa. Aunque solo tenía que conformarse con algunas, las de las fechas menos importantes y de poca calidad, esas que no generaban muchas sensaciones al verlas. Junto a las fotos había un pequeño trozo de papel que rezaba “Me voy. Me harte.”

Ni siquiera le había pedido que no la siga, que no pregunte por ella, simplemente porque sabía que él no tenía el coraje para hacerlo.

Pero más allá de lo que significó para él semejante abandono, lo que lo angustiaba por sobre todo era saber que la cobardía y la incapacidad de amar seguían anidando en su interior, al contrario de lo que había creído ese último tiempo. Entonces comprendió que nada en él había cambiado. Y se sintió totalmente frustrado.

Después de varios meses pudo recobrarse de la angustia y decidió salir a reconstruir su vida. Si ella no lo quería mas, al menos tenía que poder llamar la atención de sus hijos.

Fue así que con su paso lento y un poco –solo un  poco- más decidido que antes comenzó a frecuentar el café de la avenida.

Allí no había puestos de trabajo disponibles pero siempre le prestaban un diario para que buscara trabajo y pudiera al fin, pagar la extensa cuenta del café. Había tenido dos o tres entrevistas, pero ninguna había llegado a concretarse.

Él tenía tiempo de sobra para esperar porque a él nadie lo esperaba.

-¿Qué tal? Buenos días…

-¿Cómo anda Manuel?- dijo el mesero acercándole un cortado y dos medialunas a Manuel, que estaba sentado en la barra, ansioso y hambriento.

Apenas alcanzó a dejar el plato en la mesa, Manuel ya había tomado una medialuna y mientras la mordía agregó:

-Todavía no conseguí trabajo, así que sigo necesitando el diario…

- Ya lo sé, pero hoy no lo tenes para vos solo. Vas a tener que esperar…-dijo el mesero, sosteniendo una taza mojada con una mano y señalando hacia la izquierda con la otra. Se dio vuelta y siguió secando otras tantas tazas.

Manuel miro a su izquierda, tomo un trago de café que le quemó la lengua y prefirió seguir con la otra medialuna.

Entre la lista de sus incapacidades se encontraba la de no poder beber y/o comer sustancias muy calientes. Ni muy frías. Nada podía hacer contra la sensibilidad de sus dientes.

Tampoco era capaz de ir a hablarle a la mujer que estaba a unas seis mesas de la barra, con el diario “Nuevo” en la mano y un cigarrillo en la boca. Se limitó a mirarla cada tanto, durante más de media hora.

Ella seguía absorta en su lectura y en sus cigarrillos. Pero la mirada insistente de Manuel le llegó a los sentidos e irritada, bajó el diario de su vista y lo miró.

La cara de Manuel paso de la palidez a un colorado intenso.

Mercedes también empezó a sentir calor en la cara, pese a que no era ella la que tenía que avergonzarse. Pero el contacto visual que hizo con Manuel durante unas milésimas de segundo la puso nerviosa.

Siguió leyendo el diario pero ya no estaba concentrada en la nota sobre el aumento del consumo de carne en el país. Leía dos líneas y miraba a Manuel. Se le agitaba un poco el corazón. Leía dos líneas más. Sentía calor en el cuerpo y las manos húmedas. Leía otra oración, se le agitaba todavía más el corazón.

Dejó el diario y prendió otro cigarrillo.

Manuel había hecho una fuerza inmensa para no volver a mirar hacia su izquierda. Se dedicó a terminar su desayuno y después miró el noticiero deportivo que pasaban por la pequeña televisión, que estaba justo en frente de él.

De todas formas, había notado la mirada de Mercedes y se sentía un poco menos avergonzado, aunque igual de nervioso que minutos antes. No aguanto más y volvió la vista.

Ella estaba pasando rápido las hojas del diario, como buscando algo.

Manuel pensó ir a pedírselo pero dos segundos después se acordó de lo desdichado que se sentía y de que hacía más de dos semana que no se afeitaba. Entonces desistió de la idea y siguió mirando la televisión, mientras debatía con el mozo quién debía ganar el Balón de Oro ese año.

Mercedes ya había leído todas las notas que le interesaban y fumado cuatro cigarrillos. Ya no tenía nada más por hacer. En media hora empezaba la reunión a la que se había comprometido asistir, así que no tuvo otra opción que levantar sus cosas y su cuerpo para irse.

Para su desgracia la puerta estaba cerca del hombre de la barra, por lo que tendría que pasar cerca de él. La idea la puso nerviosa.

Se acomodó la ropa y el pelo y camino apurada hacia la puerta de salida, sintiendo calor en todo el cuerpo otra vez.

El calor aumentó cuando notó que Manuel la seguía con la mirada, buscando nuevamente el contacto visual.

Cuando ya casi estaba por abrir la puerta, escuchó:

-Señorita, ¿me podría dejar el diario? El muchacho lo necesita…

Mercedes se giró y con torpeza – y la mayor de las vergüenzas - se acercó a la barra y le dio el diario a Manuel. Él no paraba de mirarla y le agradeció con una sonrisa tímida.

Mercedes solo había atinado a decir un “Disculpe” medio enredado. Se fue tan rápido como pudo.

Manuel no saco sus ojos de ella hasta perderla de vista. Repentinamente se paró de la silla y ni siquiera se acordó de tomar la sección de Clasificados que había ido a buscar.

Salió del bar y ya en la vereda busco a su alrededor la figura de Mercedes, pero no estaba más. “De todas formas no sabría ni qué decirle” se dijo a sí mismo. Y se fue caminando despacio por la avenida deseando volver a ver a esa mujer, pero por sobre todas las cosas, deseó dejar de ser, de una vez por todas, un cobarde.

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