Creatividad

Quilombitos en el cielo

Por Paulo Renzo Zambroni 


San Pedro, atiborrado entre papeles y en un interminable bostezo de tarea rutinaria, oyó los pasos arrastrados de aquel alma que llegaba a las puertas del cielo en búsqueda de redención. El santo sin mediar palabra, agachó la cabeza y comenzó a leer un documento celestial.

- Emilce Taricco, 82 años. Río Cuarto, Córdoba. Asidua visitante del templo dominical aunque solía tener actitudes contrarias a la religión con sus hermanos.

Pero pronto se sorprendió cuando levantó la cabeza y se encontró con un joven moreno de rasgos árabes. El muchacho abría sus grandes y desorbitados ojos mientras el barbudo secretario de Dios leía aquellos nombres y, recién cuando Pedro levantó sus blancas canas que caían sobre aquel ajado pergamino, con su mano derecha le hizo señas para que se frenara.

- Claramente usted no es Emilce Taricco, salvo que sea un caso de cambio de género. Bah, igual tendría 82 pirulos y si así fuese pase la fórmula estimado (dudó dos segundos), o estimada, perdón.

- No, soy Ahmed Salah. Un gusto -mientras le estrechaba su mano derecha y el santo replicaba el saludo, atónito, sin poder salir de su sorpresa.

Pedro agachó la cabeza, disculpándose ante aquel joven arábigo y empezó a revolear los papeles desesperadamente. Mientras pasaba las apergaminadas hojas susurraba por lo bajo los nombres que esperaban ser interrogados en la puerta del cielo para determinar el destino de aquellas almas.

- No hay ningún Ahmed Salah que tenga que venir por estos lares. No entiendo qué ha pasado, es la primera vez que sucede.

- Claro, de hecho yo soy hindú pero entré acá dije “bueno, se ve que los que tenían razón eran los cristianos” y seguí la luz nomás hasta llegar a usted.

- ¡Hindú! Encima esto nos va a traer quilombos de jurisdicción. Vea amigo, todas las religiones son de verdad. Pero usted no es cristiano, no debería estar acá. Explíqueme cómo ha llegado, tal vez así podamos ayudarlo.

El santo le acercó una silla, haciéndole entender que el trámite iba a ser largo. Había que comprender lo sucedido, le pidió de pasada a uno de los secretarios que fuera llamando a La Parca y que averiguaran de qué rama del hinduismo era el muchacho que estaba sentado ahí enfrente. Todo lo más rápido posible. 

Luego se sentó él también y le hizo una seña al joven Salah para que comentara su historia, mientras sus secretarios se chocaban por los pasillos del cielo tratando de resolver su problema. El árabe se abalanzó sobre su ser cruzando los dedos de ambas manos.

- Vea San Pedro

- Digame Pedro nomás, entre nosotros

- Bueno, Pedro yo trabajo en una morgue. Es un trabajo que me resulta más simple que a cualquier cristiano que ve a la muerte desde cerca todos los días, ustedes la ven como un fin absoluto, bueno eso no importa ahora. La señora Emilce Taricco, que usted nombró al principio, era a quien estábamos velando hoy a la noche, pero ocurrió un pequeño imprevisto. Ella ya estaba en su ataúd, ya le habíamos puesto su traje para el velatorio. La acomodé dentro del cajón, los prestos florales, ya estaba todo listo. De hecho ya estaban llegando los primeros familiares cuando de pronto se comenzó a mover la señora. Se sentó en la madera y me pidió un vaso de agua, en ese momento me di vuelta y al ver la muerta viva creo que me falló el zurdo. Acto seguido una luz al final del camino hasta llegar acá.

En ese momento llegó la Parca al trote, sacándose la capucha, dejando al descubierto sus amplias mandíbulas huesudas y sus ojos huecos, dejó un ovillo de lana negro sobre el escritorio.

- Me ha llamado, Pedro

- Si, vea. Creo que hemos tenido un error. Usted me tenía que traer a Emilce Taricco. Y digáme usted ¿Tiene algo de Emilce Taricco el alma que tiene frente a usted?

La Parca tamboreó sus huesudos dedos de la mano derecha sobre la mesa, mientras la izquierda se paseaba por la pera. Examinó unos segundos al hindú sentado a su lado. Sacudió un poco la cabeza y, mirando fijamente al escritorio, cortó el silencio por el medio:

- No, señor. De hecho por lo que veo ni siquiera es católico. Creo que ha habido un error.

- ¡¿Cree?! Usted cree que ha habido un error -gritó tan fuerte que hizo retroceder a la Parca en su asiento y Salah atinó a taparse los oídos-. Su único trabajo es acompañar a las almas cristianas, y sólo a las cristianas, del mundo al cielo y se equivoca

- Es que note usted que se me cortó el ovillo y en vez de traerme a la vieja, en el corte de la lana agarré a este muchacho que estaba cerca. Es una casualidad, no puede decirme que trabajo de manera deficiente, es la primera vez que pasa esto en los últimos siete...milenios – argumentaba, mientras sus huecosos ojos apuntaban al joven Ahmed. Tal vez si los glóbulos estuviese en su lugar mostrarían señales de lástima, como pidiéndole perdón a aquel árabe hindú llevado al cielo por las fatalidades del destino.





Salah le sonrió de forma sutil, incomodado por el vacío de aquella mirada y con un poco de culpa por la situación desafortunada. Rápidamente entró un secretario del santo de las puertas del cielo que rompió de un grito la incomodidad de aquel momento.

- Señor Pedro, desde la coordinadora de religiones nos informan que han comunicado el error a la correspondiente veleidad. Ganesha ha pedido una reunión bilateral con Dios por este problema diplomático.

Pedro le pidió que le alcanzara el teléfono, el pequeño secretario, que parecía un querubín, salió a paso retacón, uno tras otro, a una velocidad que parecía no tener pies. Antes de reiniciar la conversación de aquella mesa tripartita, volvió a ingresar el secretario, con teléfono en mano. “Es que ya atendió Dios”, se disculpó:

- Si señor- empezó Pedro-. Si sabemos que no está para estas boludeces pero qué le vamos a hacer. Si, con Ganesha en un rato. Quiere que esté la Parca y la persona en cuestión, están acá conmigo. Ya los anotició. Perfecto, nos vemos en un rato.

- Salah abría sus estruendosos ojos aún más grandes que parecían salirse de sus órbitas, no sólo había visto el cielo sino que iba a ser partícipe de una cumbre entre Dios y Ganesha. Se quiso pellizcar para ver si no era un sueño lo que estaba viviendo, pero se olvidó de su inmaterialidad, traspasando su alma. Pero todo era tan absurdamente real, que parecía cierto.

Pronto la mesa se había agrandado. Frente a frente Ganesha y Dios. La veleidad hindú movía sus manos con cierta desesperación mientras de su paquidérmica trompa salían bravas diatribas hacia los representantes cristianos.

- Ustedes quieren robarnos nuestros creyentes. El señor Ahmed Salah es nuestro representante en la tierra, no tienen porqué entrometerse en los caminos de las otras religiones. No queremos terminar como musulmanes y judíos, queremos una pronta respuesta a este problema.

- Estimado Ganesha -respondió Dios, tranquilizando el ambiente-, sabemos que usted es un ser pacífico y honorable ahuyentador de obstáculos. Le pedimos sea razonable en este caso. Se trata de un error de la Parca que pretendemos remediar.

- Vea -retomó la palabra la huesuda entidad que trabaja de taxista entre la vida y la muerte, repitiendo la historia que les había contado ante la presencia de Pedro y Ahmed.

- Por todo eso, Ganesha -prosiguió Dios-, lo que queremos saber es qué destino tiene el señor Salah para usted y todo el hinduismo. Para resarcir el error y cómo prueba de que no habrá más problemas le proponemos que si llega a haber otro problema de esta índole, la Parca será expulsada.

- Eso sería dejar la eternidad en la Tierra- se ahuyentó Pedro.

- Después lo discutimos -tranquilizó Dios.

- Aceptadas las disculpas -dijo Ganesha mientras estiraba cada una de sus manos a los allí reunidos-, volvamos a este muchacho a la tierra y que viva en paz.

Salah estaba excitado ante tanta revelación y encima volver al mundo. Podría contar todo aquello, podía ser el próximo Mesías, el que develara toda la verdad de la vida después de la muerte.

- ¡Ah! Me olvidaba un detalle -cortó Pedro antes de devolver a Ahmed a la tierra-, no digas nada de todo esto si no queres terminar tus días en un manicomio -y sonrió irónicamente-. Ahora sí.

Ahmed se recuperó del suelo, su cabeza le resultaba sumamente adolorida, pero se puso de pie y se acomodó el saco.

- Nene ¿Estás bien? Te había pedido un vaso de agua- le dijo Emilce sentada en el ataúd.

Salah le afirmó con la cabeza y dando media vuelta enfiló para la cocina tomándose la frente con su mano derecha, no pudiendo creer la locura ¿vivida? Pensó dos segundos cómo catalogarla: era vida, muerte o sueño. No lo sabía, era muy enredado y el dolor de cabeza era lo suficientemente intenso como para dejarlo pensar.

Tomó un vaso, lo puso debajo de la canilla y, una vez lleno, cerró el grifo. El tiempo parecía haberse detenido cuando volvía sobre sus pasos hacia el ataúd. Cuando asomó la vista sobre la habitación donde se encontraba Emilce, ella ya no estaba sentada. Apoyo el vaso en la madera, corroboró que ya no respiraba, mientras escuchaba el ruido del picaporte. Apuro en reacomodar a la vieja sobre la madera. Encontró un papel que se lo guardó rápidamente en el bolsillo. Apenas hubo erguido su cuerpo sobre el feretro, saludó a los primeros familiares que llegaban llorando a raudales. Mientras se alejaba, metió su mano en el bolsillo, desdobló aquel papelito:

"Disculpe las molestias ocasionadas. La Parca"

Sonrió denodadamete, guardando aquel maltrecho escrito nuevamente en el bolsillo. Pero cuando lo fue a volver a buscar para cerciorarse de lo leído, ya no existía.

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