Historias

¿Todo eso había a la vuelta de mi casa?

Por Franco Etcheverry

Había una vez una estudiante de psicopedagogía que quería terminar su carrera al día, tener luego un consultorio para atender casos clínicos y trabajar sin cesar. Sin embargo, un día apareció “algo” en la vida de esta muchacha que provocó un cambio de planes. Bienvenidos, esta es la historia de Cecilia Tissera.

Revisando Facebook una noche antes de dormir, me encontré con una declaración de Cecilia en su muro, muy sentida por cierto. Lo escrito decía así: “Tengo que confesar que soy de las que ingresó a la carrera pensando en recibirme, poner un consultorio y vivir de eso toda la vida, en la comodidad de mis tiempos y mis espacios”

Pensé inevitablemente en cuantos llegan a la UNRC y sufren cambios rotundos en sus vidas. Algunos encuentran su pasión, otros a sus amores, otros a su futuro. Para Cecilia, al parecer, la vida universitaria introdujo un virus, en su cuerpo y en su mente, difícil de combatir. 

La encontré una tarde en el Club Juan Bautista Alberdi. Al atravesar la puerta, me topé con una mesa llena de cuadernos y latas de conservas forradas con goma eva de muchos colores y con lápices de diferentes tamaños, con puntas que han sido víctimas de las pintadas de los niños. En la mesa estaba ella con su amiga María José Costa ayudando con la tarea a los nenes, y ordenando libros estaba Anabella Perfumo, una de las encargadas del Club.



Anabella comenta que la noche anterior habían entrado a robar, que se llevaron las pelotas de futbol y demás cosas con las que los chicos jugaban y hacían deporte. Además les sustrajeron comida de las meriendas, útiles y un listado grande de cosas. Una actitud perversa. Robarle una pelota a un nene es robar ilusiones y sonrisas, y no hay santo que pueda interceder.

Cecilia Tissera, en entrevista directa, prefiere reservar su nombre completo alegando que es “lo más feo” que hay. Cuenta que nació hace 21 años y algunos meses, que su madre es de Bengolea, que su padre de Ucacha y que un amorío intenso los unió y cayeron en Rio Cuarto. Su mamá, maestra; su papá, carpintero. Fue al colegio Sagrada Familia, y dice que es una pura sangre de Banda Norte. Es fácil detectar a Cecilia; su cabellera de rulos es divisable a kilómetros de distancia.

La Universidad, aunque seas de Rio Cuarto, muchas veces configura una idealización. En ciertos imaginarios opera la idea de que la vida universitaria es como en las películas de American Pie. 

Aún estando cerca, sentía que estaba re lejos la uni. Yo siempre me moví en Banda Norte. Mis amigos estaban acá, mi colegio también, nunca me tomaba el colectivo ni nada. Capaz que yo estaba  más perdida en la universidad que mis amigas que venían de afuera”, cuenta Cecilia.

Si hay una decisión que atraviesa al adolescente en su etapa de secundario es la de elegir qué hacer con sus vidas en torno al futuro. (Pregunta: ¿en la escuela nos enseñan qué hacer con nuestras vidas y a tomar decisiones?) Fue así que esa Cecilia de hace un par de años eligió estudiar psicopedagogía, porque le gustaban las pisco: psicología, psicopedagogía, psicomotricidad, etc. Eligió también la universidad nacional, con todo lo que eso implica. Y le tocó conocer la UNRC:

-¿Qué fue lo que más te gustó de la uni cuando la conociste?

El lugar… me encantó que fuera muy verde. Yo conocía la uni de Córdoba y me gustó mucho más esta. Y lo que me gustó más que todo, fue la independencia que adquirí. Yo saco los libros, yo voy, yo estudio, yo me organizo y demás. Sentirme responsable de mi misma. Porque además mis viejos son re sobreprotectores… muy muy pesados (risas). 

Cuenta Cecilia que algunas cátedras en particular fueron las que le provocaron un click en su carrera. La cátedra de Sociología y luego Sociología de la Educación I y II, a cargo de Sandra Ortiz, Claudio “Caíto” Acosta, Silvina Baigorria y Cecilia Maurutto.  Dice de Sociología: “fue como la primera materia que nos enseñó a pensar, a no dejarte llevar por  lo que ves en los medios, en los diarios. Fue la primera materia que me gustó mucho y que resaltó lo que es el trabajo en el barrio”.


La cátedra trabajaba de manera articulada con Quechalén, una escuela rural ubicada en Barrio Obrero y abrieron la posibilidad al curso de hacer las prácticas sociocomunitarias en ese lugar. Pero un día de esos, la cátedra había preparado una exposición de experiencias de trabajos comunitarios. “Anabella, una de las encargadas del Club, fue a exponer un día sobre la experiencia que tuvo, y ahí supe de esto, de todo lo que hacían. Y ahí dije ¡wow! ¿Todo eso tengo a la vuelta de mi casa?”, contaba con gran emoción.

Tal fue el impacto y la sorpresa, que no pudo hacer caso omiso a las hormigas que caminaban en su cuerpo. Cecilia dijo que vio la posibilidad de sumarse y aportar: “Estaba cerca, a mi alcance, relacionado con mi carrera. Tenía mucho para hacer y lo estuve ignorando durante un montón de años. Me encantó”.

El Club Juan Bautista Alberdi es un club social de Banda Norte, ubicado en Colombia al 260 y, además de ser un espacio de contención, se piensan también como un espacio de acompañamiento y desarrollo para los niños.

La realidad de esos nenes no es la misma que la que atraviesan otros niños de la ciudad. “Hoy Marcos llegó con hambre y no teníamos para darle de comer, pero generalmente le damos algo a los chicos. Hacemos cine y un montón de cosas donde pueden expresar todo lo que les pasa y eso en las escuelas por ahí no sucede mucho”, relata la futura psicopedagoga. Y agrega: “intentamos escuchar también a la familia en general y se genera como una gran familia. Creo que es eso lo que a ellos les gusta y es lo que nos incentiva a nosotros”.

-¿En qué notas que  les ayuda a los nenes?

-Lo notamos más que nada en su desarrollo personal. Por ejemplo hay cosas que a los chicos les enseñan en el colegio, que adaptándolas un poco más a su realidad capaz le verían un mejor sentido. En Quechalén abordaban las materias en función de un proyecto de huertas, de dulces para vender, y demás. Nosotros acá hacemos más hincapié en sus necesidades. Las escuelas no deberían ver tanto lo que les viene de arriba, sino ver más las necesidades reales.

-¿Y cómo es tu relación con los nenes del club?

-Re bien, muy linda… porque son diferentes a los nenes que comúnmente ves; es más fácil llegar a ellos. Hoy por ejemplo te vieron a vos y Marcos se escondía un poco, pero una vez que lográs llegar a ellos es como un vínculo mucho más fuerte del que podés hacer con nenes en otros ámbitos.

Díganme si esto que cuenta Cecilia no deja cosas para pensar. A veces los medios, el día a día, la cursada y demás cosas, nos enredan y no nos permiten levantar la mirada y ver que “a la vuelta de casa” hay un alguien al que tal vez podríamos tender una mano; más que nada pensando en los nenes, que a veces padecen las malas decisiones de los adultos y el mundo que les dejan para mañana.

 Cecilia además empezó a tomarle gustito a la docencia, a partir de su experiencia como ayudante de cátedra en las materias de Psicología Evolutiva I y II. Cuenta que no quería saber nada con ser docente, que la veía a su madre a veces renegar de sus tareas. Pero eso se revirtió:

“Todo eso sucedió con la influencia de una profe, Sonia de la Barrera, que es un amor. Yo siempre digo que es como mi mamá del ámbito universitario porque ella siempre está feliz de verte, te abraza y eso me encanta. Y creo que dar clases en la universidad es muy distinto de dar clases en el primario o en el secundario. Mi mamá a veces llegaba re mal a casa porque, por ejemplo, habían metido preso al padre de uno de sus alumnos”.

Pero la historia no termina aquí… Cecilia, además de todo esto también hace trekking en la uni, es Consejera Directiva en Facultad de Ciencias Humanas y participa en el Centro de Estudiantes. Una todo terreno difícil de detener.

-¿Por qué te sumaste a participar en un Centro de Estudiantes?

- Soy como muy fan de todo lo que sea colectivo. Somos todos jóvenes estudiantes pero vamos juntos a un mismo objetivo y tenés el aporte de todos. No sé bien cómo explicarlo pero me encanta. Ahora encuentro gente con la que puedo hablar de cosas que me inquietan en lo personal y de paso hacer algo por eso. Yo me siento como en mi casa.

Cuenta también Cecilia que prefiere muchas veces pasar a tomar unos mates por el CECH antes que la tentadora siesta. Charlar y reírse con sus compañeros, ser libre en la universidad.

-¿Qué contrastes hay entre eso que pensabas antes y lo que pensás ahora?

-Una cosa que noto mucho, es que yo veía a la gente que hacía y hace esas cosas en el barrio y yo decía que eran “cosas de grandes”. Yo pensaba en que tenía que estudiar y que cuando yo fuese grande, trabajaría y demás. Y ahora yo hago “cosas de grandes” y me encanta. Yo pensaba: tengo que estudiar y cuando sea grande trabajo y me arreglo, y ahora nada que ver. Hacer la carrera al día, consultorio, y consultorio toda la vida. No era algo muy dinámico la verdad.

-Si pudieras decirle algo a un estudiante, ¿qué le dirías?

-Que haga la suya, y que no se deje llevar tanto con lo académico, sino que también trate de meterse en todo lo que le guste. Yo probé con las ayudantías, con el trabajo en el barrio, pero hay un montón de cosas por hacer que no dependen solo de ir a cursar y rendir.

Ya en el final de la entrevista, el aire fresco de la orilla del río se hacía notar y como por arte de magia apareció un vendedor de tortas fritas para darle un final cálido a la nota.

 Cecilia, como tantos otros estudiantes, es parte de un tejido social. Tejido que pase el gobierno que pase, digan lo que digan las tapas de los diarios, seguirá sosteniendo la organización popular. Algunos se dedican a repartir promesas pretensiosas en las campañas, pero hay otros que reparten altruistamente sonrisas y futuro a los niños y niñas de este país.

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