Historias

Un final Distinto

Por Emiliano Piva


  En esta época de transición hacia el verano, no solo el tiempo se vuelve más cálido, también las personas. En medio del calor agobiante y la ansiedad, se viven momentos muy particulares en la comunidad estudiantil: la transición de aquellos que dejan de ser estudiantes para convertirse en graduados.

  Esas sensaciones cruzadas se perciben con solo caminar por los pabellones y pasillos. El paisaje universitario se tiñe de grupos mezclados por familiares y amigos, hablando entre ellos, susurrando y con un nerviosismo explícito en sus rostros. La espera a veces se traduce en horas interminables hasta que salga el recién graduado y comience el ritual donde será expuesto a toda clase de líquidos y compuestos orgánicos.

  Entre tantas de esas historias, donde la universidad se va llenando de intervenciones similares, resalta la de Vladimir Kamiensky, que puso en vilo a una pequeña multitud la tarde del miércoles 23 de Noviembre.

  Eran las 16.00 de un día caluroso y húmedo, que se mezclaba con una sensación de ansiedad y espera inquietante en el pabellón 4 de la UNRC. La gente se apiñaba en pequeños grupos, algunos tomaban mate, otros cebaban tereré. Los grupos compuestos por amigos de Vladimir, iban acomodando las mochilas a su alrededor mientras se sentaban en un banquito, el piso o se apoyaban contra las barandas de la parte superior del hall. Los familiares interactuaban con algunos de los que habían asistido, mientras sostenían una sonrisa cargada de orgullo.

  La espera se hizo larga. La cita estaba pactada para las 16.00, pero eran las 17.00 y Vladimir no había entrado a exponer su tesis de grado denominada “La plaza de Kiev, pivote del tablero mundial”, un estudio de más de 300 páginas sobre geo-política y relaciones internacionales.

  En contraposición de lo que uno puede esperar en un momento previo tan crítico, el (ahora ex) estudiante no se mostraba nervioso. Más bien se pasea con una sonrisa de oreja a oreja, entre grupo y grupo. Dialogaba con la gente, se reía de las amenazas como: “La que te espera vladi cuando salgas”. De repente, por la puerta del aula donde tiene que defender su tesis, sale otra estudiante evidenciando alegría. Era un buen augurio.

  Sin embargo, la sorpresa toma de imprevisto a todos los presentes cuando Vladimir le habla al público y le dice “gente, ahora voy a entrar a exponer la tesis, por favor, no solo que están invitados a presenciar el momento, sino que me gustaría mucho”. El pedido, si bien es legal ya que las clases y exámenes son públicos en la universidad, y cualquiera puede presenciarlos, sin lugar a dudas es inusual.

  El entusiasmo brota en la muchedumbre. Los que estaban sentados se componen rápidamente y los que estaban parados enfilan derecho para el aula. El grupo de amigos, compañeros y familiares tomó forma de una hinchada que se amontona en el pasillo a la espera de la orden para poder ingresar al aula. El sol pega de frente con mayor intensidad que antes y las botellas de agua circulan entre la columna.

  Luego de advertirles a los docentes su decisión, Vladimir abre la puerta y sale del aula diciendo “pasen chicos”. En silencio, la gente se acomoda hasta no dejar ni un solo banco vacío. En el rostro del jurado se observa una expresión de sorpresa con cierta incertidumbre.

  Uno de los docentes, presuntamente el presidente del tribunal que decidirá el destino académico de Vladimir, toma la palabra y se presenta al público con formalidad “este es el tribunal de evaluación de la tesis final, y nos enmarcamos en una universidad pública”. Mientras tanto el estudiante prepara el proyector, y comienza una de las situaciones más fuera de lo común que se hayan experimentado alguna vez en esta universidad. Un estudiante defiende el último paso de su carrera ante la atenta y expectante mirada de amigos y familiares.



  Vladimir, de pie frente a todos comienza diciendo: “Las tesis tienen varias partes. Al principio están las dedicatorias y empiezo por ahí. Si a alguien le tendría que dedicar esta tesis, así como muchas de las cosas que hacemos día a día, yo se la tengo que dedicar a la barbarie, en contra posición de la civilización extranjerizante. Al subsuelo de la patria sublevada en términos de los cabecitas negras que irrumpen en el escenario argentino. A los más. A los que crean con su trabajo la riqueza y echan a andar la máquina de la historia. Y por último a los Nadies”. Con esa proclama, si alguien tenía alguna duda, debería quedar despejada: Vladimir no es un estudiante cualquiera que se recibe.

  Luego de ese paso, comienza su exposición. Con algún atisbo de nerviosismo al comienzo, habla de sistema financiero, de conflictos mundiales, de guerra y disputa de poder. Habla de mapas, de países. Ucrania, Rusia, occidente. Pone un cronómetro de tiempo que claramente no respeta. Mientras explica la metodología que utilizó, las conclusiones y demás informaciones que no vienen al caso en esta crónica, todo parece transcurrir como un final más. Cada tanto se asoma por la puerta un nuevo amigo y Vladimir interrumpe su exposición para invitarlo amablemente a ingresar al aula. Uno ya no alcanza a percibir si está presenciando un examen final de carrera o una disertación magistral sobre geopolítica.

  Vladimir termina su relato y el auditorio estalla en aplausos. Evidentemente la emoción ha colmado cada rincón del aula que en ese entonces parecía un horno. Los docentes comienzan sus preguntas mientras Vladimir, con más calma, toma agua de una botella. Comienza un debate que se extiende cerca de la media hora.

  Vladimir se comporta como un jugador de fútbol. Responde las preguntas como si estuviera parando una pelota con el pecho. Algunas incluso las devuelve o problematiza, generando las risas de su propia hinchada, aunque no la simpatía de los evaluadores. El clima empieza a ponerse tenso entre el jurado y él. El debate se vuelve intelectual. Categorías y conceptos tradicionalmente enseñados en su carrera, como etnia y cultura, son subestimados y descartados por Vladimir.

  El presidente del jurado, rendido ante las certeras respuestas del estudiante, mira a los otros dos docentes y gesticula intentado decir: “No hay nada más que preguntar”. Amablemente, solicitan al público presente que se retiren del aula para debatir la calificación.

  En el ambiente hay alegría y seguridad, Vladimir fue contundente. Con el sol más calmo, escondiéndose en el horizonte, la espera demandó poco más de cinco minutos, que parecían todo un cuatrimestre. Vladimir camina, esboza alguna mueca, dialoga brevemente con las personas. Se queda intercambiando palabras con su director de tesis cuando la puerta del aula se abre y lo llaman. Una suave tensión se apoderó de ese momento, los minutos pasaban y Vladimir no salía. Ni el sol quería perderse la nota y todavía tiraba algunos destellos.


  La puerta se abre, y con los brazos arriba sale Vladimir que, con contundencia, dice: Aprobé. Lo demás es historia conocida o por lo menos imaginada. Huevazos, yerba, pintura, algunos varillazos, líquidos de procedencia dudosa y alimentos al borde de la putrefacción cayeron en el cuerpo de Vladimir que, con el tiempo, dimensionará aún más lo que produjo con una simple invitación a presenciar su clase.




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