Historias

"Un intercambio es algo que hay que hacer una vez en la vida"

¿Cuántas veces nos cruzamos o interactuamos con un alumno extranjero y nos preguntamos cómo es su estadía? ¿Extraña o disfruta al máximo sus pocos meses? ¿Se habrá adaptado bien? Acá, algunas respuestas a tan amplio cuestionario

  Ella es más entradora que perro y rico, como describen en su país a las personas extrovertidas. Su contextura física es pequeña y sus ojos negros son como la tierra más fértil que existe, tierra capaz de hacer surgir a la Pachamama desde sus entrañas.

  Carla Huanca, oriunda del Altiplano boliviano, corazón de Sudamérica, estudia Comunicación Social en la Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba, y realizó un intercambio de 6 meses en la Universidad de Río Cuarto.  

  La menuda muchacha llegó al país en una época convulsionada por los paros docentes, entre otros. Con la dificultad que representó el cese de clases, las diferencias entre el sistema educativo de Argentina y Bolivia tampoco ayudaron. Sin embargo, superó todos los obstáculos para llevarse sus materias aprobadas. 

  “Una de las diferencias que encuentro entre el sistema educativo de mí país y el de Argentina, es que allá rendimos parciales y no tenemos un final. Aparte, aquí la parte teórica ocupa la mayor parte de la materia. No digo que esté mal, está muy bien. Sólo que en nuestro país, por lo menos la carrera de Comunicación, está más orientada a la práctica. En Bolivia está más marcada la concepción de articular la clase teórica con la práctica. Y está bueno salir porque donde realmente te encuentras con el campo laboral es ahí, afuera. Charlando con mis compañeros de intercambio nos damos cuenta que nos va mucho mejor en las materias prácticas que en la teóricas”, asegura Carla, esbozando una leve sonrisa que disimula la timidez de criticar lo que recién se conoce.

  Esta joven, de amplia sonrisa, surcó la experiencia del intercambio cuando estuvo en Perú el año pasado. Ya atravesó ese extraño sentimiento de embarcarse en una aventura desconocida dejando atrás lo más preciado que tiene una persona. Ni más ni menos que la familia.

   “En ese momento me costó mucho desprenderme porque un intercambio es eso, abandonar tu zona de confort, lo conocido”, dice. 

  Un año después, aterriza en nuestras tierras con todas las certezas e incertidumbres que le ha brindado su primera experiencia. Sin titubear, dispara: “Si no haces esto, te quedas en tu pequeño mundo”. El tiro da en el blanco. 

  Ella es muy apegada a su familia pero asegura que las herramientas modernas de comunicación, como Facebook o Skype, son un granito de arena para aliviar el dolor de la distancia. 

  Como todo proceso que nos saca de nuestras estructuras cotidianas, para Carla fue dificultoso poder ¨encajar¨ con sus nuevos compañeros de aula, aunque siempre tuvo el cálido respaldo de los demás estudiantes extranjeros.

  Con cierta resignación, comenta que con sus compañeros de intercambio se sentían “un poco mal” porque nadie les hablaba, no había iniciativa de integración. “Cada uno anda en su propio mundo”, dice la muchacha, experimentado la sensación (¿o incomodidad?) de no pertenecer a este mundo. El comentario debería interpelarnos a todos los estudiantes.

  Entre tanto paro y debate sobre la educación pública como nunca se produjo desde los 90, Carla no se queda callada. De hecho, se percibe a la legua que es una mujer de carácter, de personalidad fuerte y con un orgullo por su tierra que es admirable. 


  Aclara que hacer una valoración del sistema educativo en cualquier país implica siempre un análisis crítico. 

  “En Bolivia la educación universitaria es de calidad y gratuita. Lo que considero que le da un gran impulso es la conformación de grupos estudiantiles. Han logrado muchos avances en la educación pública como la instalación de Wi Fi, el equipamiento en diferentes laboratorios o las becas que ayudan al estudiante. Y esto debe ser así porque la universidad debe responder a las necesidades, no es solo sacar graduados como cantidad. El nivel de la educación no puede ser valorado por el número de egresados”. Lo dice con énfasis, con el aplomo de aquel que sabe que está en posesión de la verdad. Su verdad. 

  Con su mirada fulgurante aún encendida, completa la idea: “Se han logrado estos avances porque son los estudiantes de mi país los que le exigen al gobierno. Para sacar al país adelante hay que invertir en educación. Por eso rescato a los movimientos estudiantiles, más allá de orientaciones. Los estudiantes deben empoderarse, formar parte de su problemática. Si uno quiere que algo cambie, hay que cambiar un poco de uno mismo”.  Nada de adaptarse pasivamente. Hay que apelar a lo anfibio de nuestra esencia. 

  Con el escaso sol invernal perdiéndose en el horizonte, la charla con Carla se arrima al final. Sin embargo, tocamos un punto tan importante como doloroso. La discriminación.

  “Me molesta que se considere a las personas de piel morena como alguien de otra nación. Como dijo una mujer norteña en un programa de televisión, ´al argentino se le olvida que es coya´. Argentina deriva de un fuerte proceso de inmigración, por lo tanto su raza no es pura. Y eso provoca que no haya una identificación con los pueblos originarios”. Es una afirmación teñida de enojo y dolor. En mi mente, imagino que su dificultosa adaptación también fue atravesada por prejuicios aún sin erradicar.   

  Carla no se anima a generalizar, de ninguna manera. En este mundo tan amplio, ¿quién se atrevería? Pero se lleva una experiencia agridulce. Algo así como el deportista que gana la medalla de plata. 

  Vuelve a su tierra llena de amigos, conocimientos y experiencias nuevas. Pero también atravesada por la mirada de aquel que considera al de piel morena como un ser inferior. “Realmente molesta, porque también están olvidando sus raíces”, me dice sin quitarme la vista. No puedo hacer otra cosa que pedir disculpas en nombre de todos los ingratos, y darle un abrazo de despedida.

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