Historias

Ver para crecer

  Se levanta de lunes a viernes a las seis de la mañana, desayuna, camina cinco cuadras a la parada de colectivos en Banda Norte y se toma la línea que la lleva a su lugar de trabajo. Por momentos escucha las grabaciones que toma de clases. Come rápidamente lo que lleva en su tupper, ficha en su trabajo pasado el mediodía y a las dos de la tarde ya está sentada en el aula, esperando que llegue el profesor. 


  ¿Vida normal? No es el caso de esta mujer, la protagonista de esta historia. En ella existen detalles, esos de los que muchas veces, por no acercarnos al otro, nos tapan surealidad, ese detrás de escena que devela su esencia…


  Cecilia Herrera (51) padece de una miopía degenerativa con pronóstico de ceguera. Ella tuvo esta discapacidad visual desde el primer día de vida, pero se le agudizó con el nacimiento de su última hija. 


  Sin embargo, lejos de rendirse ante esta enfermedad, fue lo que la fortaleció para seguir luchando como la mujer aguerrida que es. Cuidar siete hijos, trabajar y estudiar una carrera universitaria no es cosa fácil en estos tiempos y en su situación.


  Permítanme contarles lo que vivencié en un día de universidad:


  Cuando ingresé en el 2015, a la carrera de Ciencias Políticas, compartíamos una materia con estudiantes del profesorado de Ciencias Jurídicas. En las primeras clases de Economía, llegaba una mujer de unos 50 años, delgadita, pelo castaño claro y unos ojos del color del cielo. Siempre decía: “permiso profesor” y entraba sigilosamente con su cabeza gacha. Luego se sentaba a escuchar con plena atención. A veces,  levantaba su mano para dar su opinión y, lo que llamaba poderosamente mi atención, fue la manera de interpretar el fenómeno en discusión. Siempre daba un aporte diferente a los demás. Yo me preguntaba por dentro: ¿Quién será? ¿Por qué ya de adulta decide estudiar? ¿Qué es lo que la motiva venir todos los días? ¿Tendrá hijos? 

  Luego de un tiempo, dejo de ir a clases y supuse que cambió de carrera o simplemente abandonó la universidad, lo que no dejaba de extrañarme. Sin embargo, intuía que en algún momento tendría la posibilidad de escuchar su historia. 


  Sucedió que hace unos días atrás me encontré a una compañera de Cecilia y decidí pedirle su número. Amablemente, ella accedió a recibirme. Una tarde, mientras anochecía, me acerqué a su casa. Ella estaba esperándome como habíamos pautado. Junto a sus tres perros guardianes, muy sonriente, me recibió y comenzamos a charlar. Ella lavaba los platos y una ropita de su nieta. De fondo, las gotas del cielo golpeaban el techo de su hogar. 


  Cecilia cuenta que su vida comenzó a cambiar cuando se divorció del padre de sus hijos, persona con la que vivía en General Cabrera. Luego de esa inflexión, asegura, no tenía nada para hacer en esa ciudad, donde debía sostener a sus 7 hijos, todos pequeños: 4 varones y 3 niñas. 

  Con esfuerzo y trabajos esporádicos, mantenía a sus hijos. Por las noches, cursaba para finalizar sus últimos años de secundaria. 

  Cecilia, con mirada firme, dice: “Agarraba la mochila por las noches y me iba al CENMA; terminé mi secundario allí. El segundo año lo hice embarazada y  al tercero con la bebe en mis brazos. Mi profe de historia a veces la sostenía para que yo pudiese escribir”.  


  Una vez finalizado el secundario, Cecilia no se conformó. Su aspiración era tener un título universitario. 


  Al comienzo hacía dedo para llegar, desde Cabrera, a la universidad. Todos los días Cecilia viajaba acompañada de su beba de un año y medio. Sus hijos quedaban en el pueblo. Ella les dejaba la comida hecha, y así “…los más grandes cuidaban a los más chicos”. 


  Después de mucho evaluarlo, decidió vivir en Río Cuarto. Todo lo hacía para seguir estudiando: “Yo entendía que la única forma de movilidad social en mi condición de mujer sola y con chicos era a través del estudio. Si no me formaba, no iba poder comprender el mundo”.


  El único sostén social eran sus compañeros de la carrera. Ellos le ayudaron a conseguir una casita para traer a sus hijos. Los mantenía con changas hasta que consiguió entrar en la municipalidad de Rio Cuarto en el área decapacitación.  


  Sin embargo, a Cecilia siempre le resulto muy difícil estudiar debido a su discapacidad visual. Su memoria auditiva junto a un sistema operativo para ciegos, llamado JOWS, es lo que la ayuda a asimilar los materiales deestudio. La miopía degenerativa la obliga a utilizar un programa con el que convierte el contenido de la pantalla en sonido. Lo utiliza con la ayuda de sus hijos. “El fantasma de la ceguera era una cosa asfixiante que te lleva al punto de estar convencida que si no vez más, no tiene sentido seguir viviendo”.



  Sofía: ¿Qué pensás de esta universidad pública? 


  Cecilia: Yo comprendo todas las situaciones. No pretendo que nadie se amolde a mis problemas, pero creo que la universidad pública, es un lugar que tiene que pensarse para docentes que entiendan que la población no es solo la de adolescentes. Ya de por sí, ser adulto  en esta universidad con un solo turno por carrera, te deja prácticamente afuera porque los adolescente te miran como diciendo "ya se te pasó la hora de estudiar, estas vieja para venir acá “.


  S: ¿Cómo es tu relación con tus compañeros?


  C: Hay gente mucho más dispuesta a tratar con todas las edades como pares y que han colaborado generosamente en compartir una lectura en un práctico opreparar un práctico. Hay otros que no se bancan trabajar con mi discapacidad ni con mi edad pero tampoco pretendo que se amolden a mí. 


  Antes de utilizar JOWS, presentó al Consejo Superior,  tres veces consecutivas,  un proyecto de procesamiento digital de los textos para estudiantes. No tuvo éxito pero al cabo de un tiempo fue presentado por medio de un profesor y el proyecto se aprobó.  De todos modos, pide el material de estudio a través de una profesora y los digitaliza en su casa con la ayudade sus hijos.


  Mujer fuerte y luchadora ha de ser aquella que nunca se rinde y la voluntad es el valor primordial que la moviliza para lograr lo que se propone, a pesar de las circunstancias y el qué dirán. 


   Cuando nuestra charla culminaba, ella piantó un lagrimón, tomó mi mano fuertemente y me dijo: 

  “A vos, estudiante, te digo que corras todos los riesgos necesarios, anímate con todo tu coraje, lárgate al vacio y sentí el vértigo de no saber qué va pasar. Pero por favor, vivilo. Vivilo porque la peor deuda que uno puede llevar en la vida es no atreverse a estudiar. La universidad si bien para algunos parece algo irrealizable e inalcanzable, es posible. No le tengas miedo al estudiante que tiene una discapacidad por no saber cómo tratarlo, eso te aleja y limita”.


  Después de esas palabras tan profundas, esbozó una sonrisa empapada de convicción y seguridad que su camino es el correcto. Ya no había más nada que decir, todo sobraba. Sólo queda reafirmar el deseo de esta gran mujer que es compartir el camino de la vida con aquellos con alguna imposibilidad, porque ese  es también un modo de expresar el compañerismo y la solidaridad; los valores que nos engrandecen más allá de nuestro común denominador como estudiantes. 

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